PÁGINAS AL VIENTO  -  Cuentos            PANEL CENTRAL

Batuque

Vicente Herrera Márquez

 

Era un pequeño pueblo inmerso en la pampa.

Era el fin de un invierno nevado.

Eran dos hermanos, el grande y el chico.

Era una pequeña familia: el padre y dos hijos, la madre, muy joven, había muerto de una enfermedad repentina e incurable.

Era un pequeño cachorro, de un mes aproximado, que alguien le regaló al padre allá por los años de juegos y travesuras de la infancia de los muchachos.

Al correr de los meses primaverales, fue creciendo y obteniendo  estampa de hermoso, el hocico largo, las orejas erectas o dobladas según el ánimo y gran parte del cuerpo habían adquirido  un color marrón claro que más parecía color miel, el cuello y las patas eran blancas.

Un vecino quedó  prendado de Batuque, ese fue su nombre, y dijo que era de raza Collie, original de Escocia, o que por lo menos tenía ascendientes muy cercanos de esa raza y que además era un perro muy cotizado y solicitado por los criadores de ovejas y arrieros. Además les dijo que en aquellos parajes podrían ser muchos los interesados, puesto que en ese tiempo la Patagonia era un mar de ovejas dispersas en su inmensidad, matizada en toda su extensión por el verde amarillento de  la gramínea que es alimento del ganado ovino, el coirón.

Con el fin del verano, tempranamente,   en el cielo se comenzaba a dibujar el otoño con  nubes  de arrebol y figuras cambiantes formadas por bandadas migrantes  de aves que buscan  el norte y el sol, mientras en el gran patio abierto a la inmensidad de la pampa en la casita construida en un alto muy cercano al pueblo, dos niños y un cachorro que ya pintaba para perro, para gran y hermoso perro ovejero, arreador de las llanuras, y señor de las mesetas, jugando con una pelota de trapo, tal como lo hacían todos los días.

Con el correr de los días y los meses Batuque, ya un animal esbelto de pelo largo y brillante, se había transformado en un miembro más de la familia, era un hijo más, era un hermano más, era un compañero en las actividades del padre y un tercer  integrante en las correrías y travesuras de los niños.

Un día que habían ido todos juntos al pueblo se les acercó un señor muy conocido e importante en la comarca, el cual habló con el padre y le ofreció una importante cantidad de dinero por Batuque, el hombre le respondió que el perro no estaba en venta, que era el mejor amigo de sus hijos y no tendría alma ni corazón para privarlos de Batuque.

El señor que hizo el ofrecimiento era dueño de una gran estancia dónde  se criaban ovejas  por miles, miles de animales que por un lado producían lana para vestir personas y por otro carne para alimentar gente. Gran negocio, grandes ganancias, por lo tanto la cantidad ofrecida era importante. Ante la negativa a su ofrecimiento le dijo al padre de los niños que no olvidara la oferta y si en algún momento cambiaba de opinión lo esperaba en su Estancia, que quedaba como a tres o cuatro horas del pueblo si iba caminando.

Pasó el otoño y de un día para otro apareció el invierno, llegó el frío, el viento huracanado, las noches heladas, las madrugadas cubiertas de escarcha y con la llegada del invierno se fueron las esperanzas de trabajos ocasionales y esporádicos que mantenían a la pequeña familia.

Se anunciaba una gran nevada, el padre salió temprano para juntar y traer un poco más de leña que aumentara  la cantidad acumulada bajo un cobertizo.  Les recomendó a sus hijos que no salieran porque hacía mucho frío y tenían que cuidarse por un lado de los resfríos y por otro de los sabañones, y les dijo que él se llevaba a Batuque para que le ayudara a cazar, un conejo, una perdiz o incluso, sonriendo,  un avestruz,  para también ir guardando algo de alimento para los meses de nieve y escarcha. (En aquellos tiempos, en la Patagonia no era delito matar y carnear un cordero en medio de pampa siempre que se dejara el cuero en el lugar, que era lo de más valor para el dueño del animal)

Siempre cuando salía al campo además  llevaba consigo una bolsa de lona y un afilado cuchillo. El hombre calzó sus zapatos engrasados, se puso una chaqueta de cuero raída por los años, un bufanda  de lana enrollada en su cuello y en su cabeza una boina vasca;  con un voy a llegar tarde y un beso en sendas mejillas se despidió, lo propio hicieron los chicos al despedirse de Batuque.

Tarde llegó el viejo arrastrando dificultosamente en una especie de trineo hecho con troncos delgados, un gran atado de leña  y envuelto en la bolsa de lona un cordero recién carneado. Los niños lo recibieron contentos y le ayudaron a guardar la leña bajo el cobertizo y luego en la faena de despostar el cordero, mientras el padre, más locuaz que de costumbre, les hablaba y hablaba y les comentaba de sus travesuras de niño y sus andanzas de juventud.

De repente la voz del hermano chico sonó como clarinada

¿Dónde está Batuque?

Siempre cuando salían batuque se retrasaba y llegaba un poco más tarde, ya sea por corretear  un conejo o estar cortejando alguna conquista perruna, pero a esta altura ya había pasado bastante tiempo y no aparecía. Ambos niños salieron a la oscuridad del patio y en la noche se perdían sus llamados:

¡Batuuuuuque! ¡Batuuuuuqueeee! ¡Batuuuuuuuuuuuuuqeeeee….

El padre salió tras ellos y con lágrimas en los ojos los llamaba…

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 Recuerdo que aquel fue uno de los inviernos más crudos que he vivido, viento, nieve, frío, escarcha y por otro lado no había trabajo. Mi padre pasó largos tres o cuatro meses sin ganar un peso. Con mi hermano chico nunca nos explicamos cómo pasaron esos meses  y ningún día faltó el pan, el café, el aceite, el azúcar, porotos, lentejas, garbanzos, en la cocina y en la mesa; jabón y dentífrico en el baño  y tampoco faltó leña  para la estufa económica ni combustible para la lámpara. No faltó nada de lo esencial para vivir durante un crudo invierno patagónico, incluso de repente una golosina…

Hoy, ya viejo y cansado,  pero siempre teniéndote en el recuerdo perro lindo, lo sé. Sí, sé bien lo que pasó. Mi hermano no lo supo, se fue hace mucho tiempo, nunca te olvidó "pellito lindo", como él te llamaba.

Gracias Batuque. Con mi hermano chico te extrañamos y lloramos por mucho tiempo. Hoy  que comprendo el pasado, de nuevo te doy gracias Batuque,  gracias a mi viejo,  gracias a aquel señor dueño de la estancia cercana y gracias al arriero que por años acompañaste ayudándole a llevar los grandes arreos por las pampas patagónicas.

Me imagino que hoy andarás arreando ovejas siderales en lejanas galaxias, junto a mi hermano chico.



 

Incluido en libro: Cuentos de Vientonorte
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