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Don Amadeo: el buen doctor

Vicente Herrera Márquez

 

Mil novecientos cincuenta y dos, debe haber sido el año, el invierno azotó inclemente al pequeño pueblo y entre sus secuelas, trajo graves consecuencias a los pulmones de mi pequeño hermano, una complicada pulmonía rebelde que lo tuvo a muy mal traer y solo salio de ella gracias a los cuidados, dedicación y cariño de nuestro buen padre, que también fue madre, puesto que ella había fallecido años antes.
Pero no solo el cuidado y cariño podían vencer aquella enfermedad que en esos años y en un lugar alejado e inhóspito, en medio de la pampa y un invierno nevado, resultaba de difícil recuperación.
Era necesario atención médica, hospitalización, medicamentos y por lo tanto recursos monetarios, los cuales no los había, nuestro padre, por esos tiempos era solo un obrero que hacía trabajos esporádicos con los cuales obtenía escasa remuneración.
En el pueblo ejercían dos doctores de medicina general. Uno de ellos Don Amadeo, hombre de edad madura, digo madura por que para mi que era un niño de diez años, todo aquel que tuviera mas de treinta era un viejo, serio, estatura regular, calvo, de mirada inquisidora y usaba unos lentes de gruesos cristales que le daban un aire de persona docta y respetable. Vivía solo, nunca le conocí familia, en una gran casa con grandes ventanales y rodeada de arbustos y flores en una esquina del pueblo.
El se hizo cargo de la enfermedad de mi hermano Humberto. Lo atendió en nuestra humilde y pequeña casita alquilada. Orden estricta de guardar cama lo mas abrigado posible, ante la inclemencia del invierno, sobrealimentarlo, darle leche, avena, pollo, arroz, él mismo se preocupó que nada de aquello le faltara. También se encargó de las medicinas. Día por medio visitaba a Humberto, le colocaba las inyecciones de penicilina que el mismo llevaba y le extraía a través de punciones líquido dañino de los pulmones.
Se quedaba un buen rato con Humberto y conmigo, nos conversaba de muchas cosas y de lugares que el había conocido. Nos llevaba libros de su propia biblioteca. Recuerdo que con sus libros y sus conversaciones nos llevó por mares lejanos, con el conocimos lugares como Papúa, Nueva Guinea y sus pueblos; Tahití, con sus playas y palmeras; Isla de Pascua y sus moais, parece que era entusiasta estudioso de aquellas culturas, todavía hoy recuerdo aquellas tardes, aquellas lecturas y sus enseñanzas.
Así pasaron los meses de invierno. Humberto se mejoró. La pulmonía fue vencida.
El doctor nunca mencionó que todo aquello tenía un costo o que se le debía algo por sus servicios.
Buen médico y gran hombre, el Doctor: Amadeo Antonelli.

 

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