PÁGINAS AL VIENTO  -  Crónicas             PANEL CENTRAL

El huerto de los Leuquén

Vicente Herrera Márquez

 

En la última cuadra del pueblo, hacia el oeste, hacia donde estaba la cancha de aterrizaje, cerca del tambo y lechería de los Llamazares, en una manzana donde era el único sitio habitado vivían los Leuquén.
Familia numerosa: el matrimonio, los padres de alguno de ellos y los hijos, tres o cuatro.
Nombres no recuerdo muy bien, creo que eran el Caco, el Beto, la Marta, la Ana...
Casa grande y acogedora, en la amplia cocina siempre encendida la estufa a leña, un artefacto de fierro fundido con puertas para introducir la leña, bocas regulables con aros de distinta medida para colocar las ollas y sartenes, un estanque lateral para mantener agua caliente, también se le llamaba cocina económica, hoy se usan mucho en los campos donde aun abunda la leña y ésta mantiene un precio accesible, en aquel tiempo solo el trabajo de cortarla y acarrearla hasta el pueblo. Sobre la cocina siempre el agua caliente para todo aquel que quisiera tomarse unos mates.
También una gran olla con frutas y azúcar transformándose en deliciosa mermelada, o una olla en la cual se cocía una gallina criada en el propio gallinero y alimentada con grano de las mazorcas del propio huerto y también otra olla donde se cocían chapaleles, masa cocida de harina y papas de origen chilote, tierra de alguien de la familia, tampoco recuerdo cual de ellos, me parece que era mamá Leuquén. Que me perdone la familia, pero por mas que intento no puedo recordar el nombre.
En los estantes adosados a los blancos muros de adobe se alineaban frascos con mermeladas y frutas en conserva.
Una mesa amplia en la que siempre había sillas y platos para invitados o visitas inesperadas. Grande era la mesa, más grande el mantel tejido a crochet por la dueña de casa, pero nunca tan grande como el corazón de los Leuquén.
Mi hermano y yo, de niños, éramos permanentes ocupantes de aquella mesa, invitados o inesperados, pero siempre bien acogidos.
Con el tiempo, mi hermano conoció más de la generosidad de aquella familia. El ya se fue, pero se que siempre los llevó en el corazón y hoy, aunque tarde, yo quiero recordarlos antes de emprender el mismo camino que él.
La casa estaba rodeada de un cerco alto y tupido de tamariscos y álamos que se erguían desafiando al viento y protegiendo el bien tenido y abundante huerto. En el cultivaban verduras como lechugas, acelga, repollo, rabanitos, zanahorias; árboles frutales de los que colgaban: manzanas, peras, guindas; arbustos espinudos pero de exquisitos frutos: grosellas y corintos; también cultivaban papas, cebollas, maíz, mas de algún girasol adornaba los rincones, haciéndole guiños al sol del verano patagónico y en otro lugar plantas de la materia prima de una de las mas ricas mermeladas que recuerdo haber probado en mi vida y hecha por las manos hacendosas de la mamá Leuquén, me refiero al ruibarbo, que no es un fruto , sino que es una planta de hojas grandes y verdes y un tallo generoso, con ese tallo se hace la mermelada.
No era fácil mantener aquel pequeño oasis en esos lugares y en aquellos tiempos. Había que combatir el viento, las heladas, la aridez del terreno, extraer el agua desde un pozo profundo cavado por el papá Leuquén, con una bomba y con brazos que se turnaban para robarle el líquido a la tierra, los brazos del Caco, del Beto, los míos y los de la Marta. Me gustaba ver a la Marta cuando levantaba sus brazos para impulsar la palanca de la bomba, por que en su blusa ya se insinuaba un cuerpo de mujer el que le daba bríos a mi incipiente pubertad y vida a las verduras y frutas del huerto de los Leuquén...


 

Incluido en libro: Crónicas al viento
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