PÁGINAS AL VIENTO  -  Cuentos               PANEL CENTRAL

Gente linda

Vicente Herrera Márquez

 

—¡Viejo, Viejo! Despierta José Manuel, despierta, ya está bueno de dormir siesta

José Manuel entreabrió los ojos e instintivamente se llevó su mano derecha hacia ellos, para cubrirse  del  sol  de la tarde, de esos últimos días de verano.

Estaba recostado en un viejo sillón de mimbre, en la galería de aquella antigua casa.

—Levántate viejo flojo, la mrienda está servida  —le insistió Rosa María.

José Manuel la observó con cara somnolienta, mientras murmuraba entre dientes:

—Esta vieja que no deja dormir tranquilo y lo peor es que me despierta en la parte más interesante de lo que estaba soñando.

Ya, ya, ya voy, ayude a pararme —y le tendió una mano a Rosa María para que esta le ayudara a pararse.

Mientras caminaban hacia el lugar donde estaba servida la merienda él la va observando y con voz grave y ceño fruncido le pregunta:

—Y Ud. Rosa María ¿Porqué se puso ese vestido tan elegante? Y además veo que se pintó los labios también.

—Pero viejo, acuérdese que hoy es Domingo y pueden venir a vernos los hijos o los nietos; Ud. tendría que haberse afeitado y puesto una camisa más bonita, aún es tiempo  —le espetó Rosa María.

—Baah, yo sabré lo que hago  —refunfuño José Manuel y se hizo el desentendido.

Se sentaron en una gran mesa ubicada en una amplia galería y comenzaron a servirse la merienda, a la espera de las visitas.

Rosa María, con delicadeza, preparó para él y para ella, sendas rebanadas de pan tostado con mantequilla y mermelada.

Comieron y tomaron su té calmadamente y en silencio.

Luego ambos siguieron sentados, ensimismados, hurgando en sus pensamientos, hasta que José Manuel se puso de pie y tendiéndole una mano la invitó a caminar por el amplio jardín que rodeaba la casa.

Caminaron tomados del brazo, por un buen rato, observando y comentando el colorido de las flores y jugando a recordar el nombre de ellas y de los arbustos que adornaban el jardín. 

Después de unos minutos de silencio José Manuel pregunto:

—¿Qué piensa Rosa María?

—Nada importante. Pensaba a qué hora llegaran los niños.

—No se preocupe, ya van a llegar, aún es temprano  —dijo José Manuel, observando el sol que ya se escondía entre los árboles y mirando de reojo su reloj.

Se sentaron en un banco a la sombra del inmenso ombú que repartía su fronda y sus raíces en el centro del amplio patio, a la espera que algún hijo o nieto llegara a visitarlos.

Mientras los gorriones revoloteaban y trinaban entre las verdes ramas del ombú, Rosa María recordaba aquellos años cuando los hijos eran pequeños. También recordaba aquellas largas noches de vigilia cuando tenían alguna enfermedad; y como no recordar aquellos momentos de alegría cuando llegaban con algún pequeño regalo, muchas veces hecho por ellos mismos, los días de santo, cumpleaños o día de la madre.

También estaban en su memoria recuerdos de vivencias más recientes, cuando sus hijos la llevaron con ellos a unas inolvidables vacaciones y se ve con ellos y los nietos recorriendo las calles de Ciudad de Méjico, tomándose fotos en la Plaza de las Tres Culturas, subiendo escalinatas en las pirámides aztecas, trepando cerros en Taxco en busca de artesanía de plata y muy claro recuerda cuando uno de sus hijos le prometió, en las playas de Acapulco, llevarla con ellos a todas las vacaciones...

Mientras tanto José Manuel, acariciando una gran barra de chocolate, que escondía en un bolsillo de su chaqueta, pensaba en el nieto regalón y recordaba cuando los hijos se graduaron  y como orgullosos le agradecían los sacrificios hechos para la obtención de aquellos logros. Recordaba también cuando cada uno de ellos inauguraba su primera casa o celebraban los éxitos laborales y profesionales. Como no recordar esas vacaciones, no tan lejanas, pescando en el río Toltén con todos sus nietos y también la celebración de su cumpleaños número setenta.

Y así, entre recuerdos, paseos por el jardín, conversaciones triviales y espera fue pasando la tarde. Ni nietos, ni hijos, nadie llegó.

La luz del sol ya se había extinguido y el fresco de la tarde los sacó de sus respectivas abstracciones y los indujo a entrar a la casa.

Luego de servirse una taza de té bien caliente con un trozo de queque y de tomarse ambos los medicamentos mitigadores de los achaques físicos propios de la edad, pero que no calman las dolencias del espíritu, José Manuel sacó de su bolsillo la barra de chocolate del nieto regalón y se la pasó a Rosa María diciéndole:  

 —Para Ud. Rosa María, eso sí, tiene que convidarme aunque sea un pequeño trozo, o lo que sea su cariño.

—Gracias José Manuel, mañana comemos un trocito cada uno, solo un trocito, Ud. sabe por eso del colesterol y la diabetes.

Rosa María se puso de pie, se acercó a José Manuel y dándole un gran beso en la mejilla le dijo:

—Buenas noches mi viejo lindo.

—Buenas noches viejita linda  —respondió José Manuel.

Y cada uno se dirigió a su dormitorio, mientras el silencio y las  penumbras envolvían la vieja casa de reposo que albergaba gente linda.

 

Incluido en libro: Cuentos al viento
©Derechos Reservados. Registrado con el N ° 166.350 en el Registro de Propiedad Intelectual - Chile
 # Índice del libro #