PÁGINAS AL VIENTO  -  Cuentos              PANEL CENTRAL

Las toninas

Vicente Herrera Márquez

 

Delfina, débil y demacrada, observaba el blanco y resquebrajado cielo raso de la sala común en el hospital público de Comodoro Rivadavia; ciudad y puerto petrolero en la Patagonia Argentina.

Mujer joven, de treinta años; había llegado una semana atrás desde un pequeño pueblo en el interior, ubicado en medio de la pampa: Colonia Las Heras. Era la época del año en que la nieve cubre la meseta patagónica, la que en extensos escalones desciende desde la Cordillera de Los Andes hasta el Océano Atlántico y la arrasa el viento patagónico, que cala profundo, incluso, en los cuerpos y espíritus más templados.

Eran los últimos días de la primera semana de agosto de 1947. La habían acompañado al hospital, su marido, gran amor y único hombre en su vida, y su hijo mayor de cinco años. El menor, de tres, había quedado al cuidado de unos vecinos bondadosos,

Los médicos diagnosticaron una enfermedad que requería de un tratamiento con reposo en un centro hospitalario. Como el pueblo en el que vivían carecía de este tipo de servicio, debía quedarse en este hospital.

Su marido y su hijo debieron volver rápidamente al pueblo, ya que aquél debía continuar con su trabajo en la bodega de una casa comercial; pues, el permiso era por pocos días y por otro lado la estadía prolongada en un hotel estaba más allá de las posibilidades monetarias.

Día por medio recibía la visita de una prima lejana, único pariente en aquella ciudad y en el país, ya que sus padres y toda su familia vivían lejos: en Chonchi, un pueblo de la isla grande de Chiloé, en el sur de Chile; lugar que dejó cuando huyó enamorada, cruzando frontera y cordillera, con aquel apuesto chileno que llegó del norte.

A pesar del cuidado que recibía, del tratamiento y de las medicinas, sentía que sus molestias no mejoraban; al contrario, empeoraban y cada día se sentía más débil; prácticamente ya no comía y ni siquiera quería hablar con su prima, cuando ésta la iba a visitar. Solo pensaba en sus hijos y en el gran amor de su vida: su marido. Pensaba en que harían éste y los niños si ella se moría…

El cielo raso ya no era blanco, la noche lo había teñido de color oscuro, ya no se escuchaban ruidos en los pasillos, aparentemente las demás pacientes de la sala dormían o solo pensaban en sus dolencias, sus familias y sus penurias.  

Cuando el silencio fue total, escuchó el rumor acompasado de las olas del mar cercano. Largo rato escuchó aquel murmullo, parecía que éste la llamaba. Lentamente cerró los ojos, pensó en su marido, en sus hijos; se vio con los tres jugando por la playa. Al hijo mayor lo vio correr delante de ella, el más pequeño lo hacía a su lado, su marido trataba de alcanzarla. Corriendo todos se fueron al mar. En la arena mojada y fría los esperaba una barca de cristal, Delfina tendió una mano, pero nadie la logró alcanzar; solo ella pudo subir, antes que una gran ola arrojara la barca hacia alta mar y rodeada de toninas partiera a navegar…

Los hilos telegráficos que cruzan la pampa llevaron al pueblo la triste noticia. Una, dos, tres botellas de vino no ahogaron la pena del hombre. Nada mitigó el dolor de los retoños; el mayor lloró, lloró y luego consoló a su padre y a su hermano que también lloró, lloró, lloró y nunca volvió a pronunciar palabra, la pena selló su garganta.

Solo la prima lejana y dos enfermeras fueron al funeral.

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La vida siguió en el pueblo. Varios agostos pasaron; muchas nieves blanquearon las pampas; fuertes vientos encorvaron los álamos; inclementes fríos calaron los huesos; cientos de copas mitigaron la pena. Los niños fueron creciendo; el mayor leía, leía y a veces lloraba; el menor pensaba, pensaba y muchas veces lloraba, pero no hablaba.

En el pueblo había dos médicos, doctores en medicina general, ninguno de ellos tenía una explicación para la pérdida del habla del niño menor; solo lo atribuían al golpe emotivo que recibió por la pérdida de la madre. Para obtener otros diagnósticos o tratamientos se requería dinero que no había y voluntad que también faltaba.

Al cumplir diez años de antigüedad en la empresa que trabajaba; una cadena mercantil, con sucursales en casi todas las ciudades y pueblos más importantes de la Patagonia: La Anónima, nombre corto de una sigla bastante más larga; ésta premió al padre de los niños con vacaciones extras y un aguinaldo en dinero nada de despreciable.

Este que no estaba acostumbrado a tener más dinero que el necesario para pagar el arriendo de las piezas en que vivían, la alimentación, el vestuario de él y los niños y dos o tres botellas de vino barato para el fin de semana; lo primero que pensó fue: invitar a un grupo de amigos a un gran asado de cordero, que durara lo que durara la existencia de vino en las bodegas del pueblo. También pensó en saciar esa otra sed producida por los años de viudez, para ver si así lograba ahogar de una vez la inmensa pena que le embargaba desde que murió Delfina.   

Esa tarde llegó a su casa cargado de regalos para los niños: ropa, zapatos, juguetes, golosinas y su mente puesta en un gran fogón rodeado de varios corderos asándose lentamente, junto a sus amigos y conocidos.

Después de saludar a los niños con un beso en la boca como lo hacía todos los días cuando se iba y cuando volvía por la tarde; entregarles los regalos; conversar y jugar un rato con ellos se fue a la cocina; tomó un vaso y una botella de ginebra; se sentó, llenó el vaso, entrecerró los ojos; visualizó un rostro de mujer, se llevó el vaso a la boca….corriendo llegaron los niños. Uno con palabras, el otro con gestos y una ajada fotografía le recordaron algo que él muy bien sabía, por eso la ginebra; el día siguiente era la fecha de cumpleaños de la mamá. Al ver las ansias de ambos niños y los gestos desesperados del menor al tratar de articular palabras, a la vez que estrujaba en su pecho la fotografía; algo se rebeló en su interior…

Una lágrima cayó en el vaso de ginebra; una ráfaga de viento patagónico abrió la ventana y apagó la llama de la lámpara de kerosén; en la pieza contigua algo cayó, produciendo un fuerte ruido.

Algo cambió dentro del hombre, dejó de lado el vaso de licor, se arrodilló y abrazó fuertemente a sus dos hijos. Llorando les prometió nunca más volver a beber,

Esa noche no durmió, pensó y pensó. Se olvidó de asado, de vino, de ginebra, de amigos y solo pensó en sus hijos y en la ausente madre y esposa.  Al amanecer ya no había pena, solo recuerdos y tranquilidad.

Muy temprano despertó a los niños, los ayudó a vestirse con la ropa y zapatos nuevos que había comprado el día anterior. Mientras tomaban desayuno les dijo:

—Ustedes saben que hoy es el cumpleaños de la mamá, así que aprovechando estos días de vacaciones, vamos a ir a visitarla a la ciudad donde está enterrada y le llevaremos flores.

Los niños sorprendidos no supieron que decir o que hacer, solo se miraron y sonrieron. Cuando salieron de la casa, aún no salía el sol.

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Comodoro Rivadavia, verano de 1954, mediodía de viernes. El ómnibus  llegó con dos horas de atraso, algo bastante habitual en esos lugares y en esos tiempos. Los primeros en descender fueron Domingo y sus dos hijos: Víctor y Delfín de doce y diez años respectivamente.

Los niños estaban maravillados por lo que veían, edificios de varios pisos, calles asfaltadas, muchos automóviles, camiones y vehículos de transporte de pasajeros en ellas; gran cantidad de gente en las aceras, un cerro enorme en la misma ciudad. Nada de esto había en el pueblo, nunca habían salido de él.    

Lo primero que hicieron fue buscar un hotel, donde comer y alojar por algunos días. Luego de almorzar en el mismo, muy bien atendidos por un elegante mozo, salieron a la calle. Domingo detuvo un taxi y le pidió los llevara al cementerio ubicado en un sector llamado La Loma. Al llegar a éste compraron un gran ramo de flores, buscaron por diversos senderos hasta que encontraron una sencilla cruz blanca con un pequeño letrero en el que estaba escrito el nombre de la mamá y la fecha de fallecimiento: 6 de Agosto de 1947.

Depositaron las flores junto a la cruz, se arrodillaron, se abrazaron; algunas lágrimas rodaron por las mejillas curtidas por el viento. Largo rato estuvieron así, nadie dijo una palabra

Ya estaba avanzada la tarde cuando se retiraron .Otro taxi los llevó al centro de la ciudad.

Las luces y el bullicio de un parque de diversiones, donde una calesita era el centro de atención, les devolvió la sonrisa.

Luego, Domingo los llevó caminando por la calle principal, ya cayendo la tarde. No les dijo hacia donde iban. Les conversaba de distintas cosas y les mostraba lugares de la ciudad. De repente ya al final de la calle les dice:

—¡Miren!

Y aparece algo, para ellos desconocido; inmenso, brillante, atronador y a la vez susurrante: el mar. Víctor y sobre todo Delfín, admiraron aquella maravilla que solo habían visto en libros, revistas y viejas películas en la matinée del cine del pueblo.

Víctor guio la mirada de Delfín hacia el horizonte donde se recortaban las siluetas de dos grandes barcos petroleros. Víctor observaba los barcos, las grúas del muelle y los lanchones de descarga, en cambio Delfín no podía apartar su vista de las olas que se formaban mar adentro y rompían con estruendo en los requeríos o morían mansamente en la oscura arena. Hacía vanos esfuerzos para traducir en palabras su emoción. Domingo impotente acariciaba sus mejillas y lo apretaba contra sí.

Tal era la atracción que el mar ejercía en Delfín, que éste no se quería ir, al fin el frío de la noche y el apetito vencieron sus deseos de permanecer allí.

Con la caricia de la brisa atlántica en el rostro y la silueta de los barcos en las retinas remontaron la avenida San Martín rumbo al Hotel Español, mientras Domingo pensaba que lo primero que harían el lunes sería visitar la consulta de un médico especialista para Delfín.

Al día siguiente, Domingo más despejado que nunca; contento por su decisión; satisfecho por la alegría que sentían sus hijos; con el espíritu más tranquilo después  de haber visitado la tumba de su esposa; contagiado por el entusiasmo de los niños que habían despertado y tomado desayuno antes que él; además pensando en el entusiasmo de Delfín por el mar, les prometió un día inolvidable.

En un terminal cercano al hotel abordaron un ómnibus que los llevaría a Rada Tilly, un balneario costero a unos quince kilómetros al sur de la ciudad.

Ese sábado de Enero estaba completamente despejado, la temperatura era muy agradable, invitaba a disfrutar de la playa y el mar.

En el ómnibus se encontraron con una familia conocida: Carlos, Elena y sus tres hijas: Alelí, Ema y Delia. Carlos era el profesor de Víctor en el quinto grado de la escuela primaria de Colonia Las Heras, la única del pueblo donde vivían. Ellos estaban disfrutando de un fin de semana en la costa.

Después de jugar por un rato en la arena y las olas que morían en la playa, los niños escucharon la voz de alguien que ofrecía paseo en lancha; se entusiasmaron con la idea, sobre todo Delfín, y convencieron a Domingo para que se embarcaran en ella, también lo hizo Carlos, las niñas querían hacer lo mismo, pero Elena no las dejó.

Se sentaron los cuatro juntos, en la lancha iban diez personas, contando entre ellas una que operaba el motor y otra que ayudaba a los pasajeros.

La lancha se internó en el mar tranquilo y brillante. Las olas eran suaves, la playa se divisaba a lo lejos. Todo presagiaba una tarde agradable y placentera.

Después de más o menos una hora de navegación y encontrándose como a cinco kilómetros de la playa el hombre que dirigía la embarcación comenzó a maniobrar para volver.

Algo se empezó a mover alrededor, eran como pequeñas olas; pronto la lancha se vio rodeada de estas pequeñas olas. De repente unos peces grandes, grandes, de color blanco y negro, comenzaron a dar saltos, nadando en la misma dirección de la lancha,

Carlos les explicó a los niños, que estaban asustados; haciéndose entender con gestos y palabras, que eran toninas o delfines; que eran animales inofensivos, juguetones e inteligentes; que ayudan al hombre, si éste por accidente cayera al mar. Víctor y Delfín, ensimismados, observaban los saltos y las piruetas de las toninas. Poco a poco la cantidad de ellas fue aumentando, veinte, treinta, cuarenta; a los pocos minutos eran más de cien. La navegación se hizo inestable, la lancha cabeceaba peligrosamente y parecía que iba a zozobrar. De repente fueron tantas, quizás miles, que para donde se mirara solo se veían toninas nadando y volando. Solo se divisaba un mar de toninas.     

Domingo sujetaba firmemente a Delfín que entusiasmado estiraba las manos, queriendo tocar las toninas. Los ojos de éste brillaban. Sonreía, nunca Domingo había visto a su hijo menor tan exaltado.

Carlos sostenía firmemente asido por la cintura a Víctor, el cual temblaba de miedo y no pensaba que las toninas fueran amigas del hombre como había dicho aquél.

Una, la más grande de todas, se acercó tanto a la lancha que casi se podía tocar la piel oscura de su lomo. El chorro de agua de su respiración y el de otras más pequeñas, mojaban a todos los asustados pasajeros de la lancha,

Delfín ya no sonreía, reía. Reía a carcajadas y llamaba con gestos y gemidos guturales, a la tonina más grande que parece le contestaba con sus chillidos, silbidos y resoplidos.

De repente Delfín mira fijamente a su padre y ante el estupor de éste, de la garganta del niño, por años silenciosa, brota una voz clara y potente que dice:

—Papá, las toninas me están llamando, dicen que mi mamá me está esperando en aquella barca de cristal que brilla allá sobre esas olas  —a la vez que extendía su brazo derecho y su dedo índice señalando a la distancia. Domingo levantó la vista, nada vio, solo toninas y más toninas.

Ante la mirada estupefacta de su padre, Delfín parado en la lancha y afirmado en el hombro de su padre continuo hablando:

—Papá te quiero mucho, mucho mucho, cuídate y cuida también a mi hermano. Yo me voy con mi mamá.

Delfín con fuerzas sobrehumanas, se zafó de los brazos que lo retenían, miró con dulzura a su padre y a su hermano, al tiempo que gritaba con todas sus fuerzas:

—¡Allá voy mamá! ¡Allá voy mamita! —y se arrojó al mar con un movimiento elástico haciéndole honor a su nombre, perdiéndose en el inmenso enjambre de toninas.

Domingo dando un grito desgarrador, que nació del fondo de sus entrañas, se lanzó al mar, tratando de alcanzar y rescatar a su hijo. También desapareció en las turbulentas aguas.

Carlos ayudado por otros pasajeros agarró firmemente a Víctor que gritaba y hacia titánicos esfuerzos por zafarse y seguir a su padre y a su hermano. Largos y tensos minutos se sucedieron. Padre e hijo no volvieron.

Nadie en la lancha pudo hacer nada más.   

Como obedeciendo una orden, todas las toninas se alejaron de la lancha y escoltaron a Domingo y a Delfín, que cual cetáceos, sumergidos y conteniendo la respiración, nadaban raudos en dirección de la barca de cristal, donde con los brazos abiertos los esperaba DELFINA.     

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15 de enero del año 2005 a bordo de una moderna lancha turística, a la vista de Rada Tilly, un balneario costero cercano a Comodoro Rivadavia en La Patagonia. Delfín, de diez años, asido a la baranda, pregunta a su abuelo, que está sentado a su lado, junto a la abuela Alelí.

Abuelito Víctor ¿Qué es aquello que se ve allá, eso que tira unos chorros de agua?- Mientras señala tres bultos blanquinegros que se mueven lentamente como a cincuenta metros de donde ellos navegan. Víctor, el abuelo, se pone sus anteojos y observa hacia donde señala el niño, escudriñando la mar rizada. De reojo mira a Alelí que también contempla aquellos bultos que se desplazan lentamente en la misma dirección de la lancha. Ambos tratando de ocultar lágrimas que brotan de sus ojos, toman firmemente a Delfín por los hombros, mientras Víctor, ahogando un sollozo le responde:

--Es una familia de  delfines: un papá Delfín, un hijo Delfín y la mamá DELFINA.

 

 

Incluido en libro: Cuentos al viento
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