PÁGINAS AL VIENTO  -  Cuentos PANEL CENTRAL

Pastel de jurel

Vicente Herrera Márquez

 

Era uno de esos fines de semana en que uno trata de encoger el calendario para que el fin de mes llegue pronto, y por otro lado hacer lo posible para estirar y hacer rendir las pocas “lucas” que están quedando en el bolsillo, la billetera o la cuenta donde mensualmente te depositan la escuálida pensión.

Pomposamente, en mi caso se llama: Pensión de Vejez Anticipada. O sea, aquella que se logra cuando ya nadie te da trabajo, porque te encuentran muy viejo, pasado de época, porque hay jóvenes más baratos o incluso hasta por feo. Por lo tanto no queda otra que envejecer en forma anticipada, o sea, robarle años a la jubilación, única forma de poder contar con un pequeño “billete” para sobrevivir y pasar el tiempo, aunque sea “a medio morir saltando”.

Justo ese día domingo, seguramente debido a algunas conjunciones astrales, se confabularon varias situaciones, unas buenas y otras no tan buenas.

Estas son las buenas: Primera: el día, a pesar de ser invierno, estaba precioso, incluso el sol me pidió que abriera todas las ventanas. Segunda: me levanté de muy buen ánimo, hasta un par de días antes había soportado por casi dos semanas una fuerte gripe, que me tuvo a mal traer. Tercera: la noche anterior me había llamado Juanita, mi “polola,” anunciándome visita para hoy, después de un mes que no nos veíamos. Esta última situación era muy, pero muy buena, lo mejor de la conjunción astral.

Entre las malas, realmente era una sola, aquella que ya comenté al empezar este relato: la débil y tambaleante situación monetaria a esa altura del mes. Y realmente era la que más me complicaba.

Pensé: ¿cómo y con qué voy a atender a mi visita? En el refrigerador solo había: cuatro huevos, dos tomates, una mata de lechuga; un pote con un poco de margarina, un trozo de queso fresco que había comprado esa mañana; una bolsita con aceitunas, que no me explico cómo todavía estaban allí; una fuente de vidrio con jalea de frambuesa que había hecho el día anterior; una manzana, una pera y dos limones sobrantes de la gripe, nada más. En el freezer, perdidas entre el hielo, dos salchichas congeladas y ningún otro alimento, solamente hielo y más hielo, al verlo me imaginé: así debe ser el campo de hielo sur allá en la Patagonia.

Luego revisé la despensa, es decir ese mueble blanco donde guardo los platos, tazas, copas (mejor dicho vasos), y las pocas mercaderías que con mi menguada fortuna logro atesorar durante el mes.  

Rápidamente hice el inventario de lo que allí había: un paquete de azúcar, un paquete de tallarines, dos sobres de “sopa para uno”, un poco de arroz, un paquete de cochayuyo seco, medio kilo de harina tostada, un tarro de jurel en conserva, un tarrito de crema y una botella de pisco con poco más de la mitad, también saldo de la gripe. También había, aun sin abrir, una botella de ginebra, que días atrás me había traído una hija, desde Buenos Aires.

En la bolsa donde guardo las papas, papas no había, solo quedaban dos cebollas y unos cuantos dientes de ajo, un poco añejos, pero servían.

Con todo esto o con algo de ello tendría que ingeniármelas para preparar un banquete sin tener que recurrir a lo poco que podría entregarme el cajero automático del supermercado, que queda como a seis cuadras del departamento. Por un lado no quería caminar, para no cansarme, y por otro esa platita no podía gastarla, era para pagar la cuenta del teléfono.

Al mirar por la ventana de la cocina, me di cuenta que en una de las ramas del árbol que esta frente a ella, estaba tomando el sol el gato de los vecinos del primer piso, seguramente esperando el llamado de alguna gata en celo que ande con su agosto adelantado. Mire al gato detenidamente, lindo animal, gordito, me lo imaginé como si fuera un lechoncito, para asarlo en el horno y llevarlo a la mesa rodeado de papitas duquesa y puré de manzanas….

En el bolsillo, tres “lucas”. Con ellas fui comprar al almacén de la esquina. Me alcanzó para medio kilo pan, una botella, mejor dicho, una caja de vino tinto, una bebida cola para preparar un aperitivo, un paté de ternera (barato) y un paquete de galletitas para cóctel. Con todo esto volví al departamento, con la mente tratando de determinar cuál iba a ser el menú que iba a preparar para agasajar a mí enamorada.

A todo esto, me acordé de otra posible carencia, muy importante en aquellas circunstancias. Llegué al departamento y corrí al dormitorio, abrí el primer cajón del velador, nada, abrí el segundo y nada, ya con cierta desesperación abrí el tercero y menos mal, allí estaba. Una quedaba, una de esas pastillitas azules que tomo para aquellas ocasiones en las cuales, no se debe quedar feo, más si uno ya pasó los sesenta y ella aún no tiene ni la mínima idea de lo que es la menopausia. Me la eche al bolsillo, para no olvidarme de tomarla en el momento que correspondiera.

Era las diez de la mañana de ese lindo día domingo 24 de junio; calculé que ella llegaría más o menos a la una, pensé que era tiempo suficiente para hacer un poco de aseo, hacer la cama, por supuesto cambiando las sábanas y ventilar el departamento. Por fortuna quedaba un resto de spray con aroma a flores del campo, el cual esparcí por todos lados. 

Lo principal en ese momento era determinar, llevar a la práctica y dejar preparado el menú definitivo; para luego, tranquilamente, darme una ducha que eliminara los efluvios producidos por el ajetreo de esa mañana y los olores propios del trabajo en la cocina y después esperar, con tranquilidad impaciente, la llegada de Juanita.

Haciendo un recuento de lo que disponía en mis bodegas fui haciendo un descarte. Rápidamente descarté las “sopas para uno”, no venían al caso, tal como lo dice su nombre, son para uno. Tallarines no podía ser, ya que no tenía salsa o algo para acompañarlos. Harina tostada ni pensarlo, no imagino un almuerzo romántico, tomando chupilca o comiendo harina frita con cebolla y ajo, pavo creo que le llaman. Cochayuyo, podría ser una ensalada, con cebolla picada queda muy rica, pero quedaría el departamento impregnado de ese fuerte olor al cocerlo. Me estaba quedando el tarro de jurel y el tarro de crema de leche. Plata para ir a comprar algo más, no quedaba. Por fortuna quedaba gas para cocinar y para la ducha.

Cuando puse el pan que había comprado en la caja donde lo guardo, había visto dos marraqueta que quedaban de no sé cuántos días; rápidamente en la mente del chef se juntaron las imágenes del jurel, los panes duros, los huevos en el refrigerador, un poco de ajo, cebolla y aliños. Aliños nunca me faltan, tengo de todos; dicen, los entendidos, que muchos de ellos son excitantes y afrodisíacos, es por eso que siempre dispongo de un buen surtido de ellos. Ya estaba decidido cuál sería el plato de fondo: Pastel de jurel.

Ahora había que pensar en el aperitivo, en la entrada y en el postre, en el postre para comer, claro está.

Entrada, de plano la descarté, los tomates y la lechuga preferí dejarlos para ensaladas que acompañen el plato de fondo. Para aperitivo tenía la botella de pisco y la botella de bebida cola que había comprado en la mañana, el queso, el paté, las aceitunas y las galletitas. Para el postre: la jalea de frambuesa, las frutas y el tarrito de crema.

Pensado y resuelto el problema del almuerzo. De solo pensarlo y pensar en mi visita, yo encontraba todo exquisito. Por lo tanto, me puse el delantal y manos a la obra.

Aquí voy anotar las recetas del menú por si alguna vez, algún colega pensionado, se enfrenta a una situación similar en las postrimerías del mes, cuando los recursos económicos son escuálidos.

Pastel de jurel (pescado).

Ingredientes:

1 tarro de jurel u otro pescado similar (el jurel es el más barato)     

2 panes añejos (ideal marraqueta, pan francés, remojado en agua tibia)

2 huevos

½ cebolla

2 dientes de ajo, sal, pimienta, perejil, comino y otros aliños,

de acuerdo a su paladar o lo que disponga en su despensa

 

Preparación:

En una sartén se sofríe en un poco de aceite la cebolla y el ajo picado

Después de sacarle al pescado los huesitos, y la piel (Si fuera para comer yo solo no le saco nada) se aplasta con un tenedor sin desmenuzarlo demasiado.

Se mezcla con el pan remojado, al cual se le ha sacado la cáscara si es que está muy dura.

Esta mezcla se revuelve con el sofrito y las yemas de los dos huevos.

Aparte se baten las claras hasta que adquieran una consistencia espumosa, a nieve creo que se llama.

Se agregan las claras batidas a la mezcla, se agregan los aliños, se revuelve suavemente y se coloca en un molde para horno, previamente aceitado o enmantequillado (puede ser con margarina).

Se lleva a horno moderado por tres cuartos de hora y listo el pastel.

Por supuesto que no encendí el horno, lo haría cuando ella llegara, calculé que como a la una o una y media.

Todo me estaba resultando bien, miré la hora, me quedaba tiempo para seguir preparando tranquilamente lo que faltaba, seguí por el postre. Con el postre me acordé del condimento que había guardado en el bolsillo, no tenía que olvidarme que llegado el momento tenía que tomarlo.

Pelé y piqué en cuadraditos la pera y la manzana y se los agregué a la jalea de frambuesa, la revolví y separé dos porciones a las cuales les di la forma de un volcán, luego sobre ellas esparcí la crema, simulando una capa de nieve y sobre ésta dispuse roja jalea sin frutas para que pareciera la lava que escurría derritiendo la nieve. Pensé darle otra forma, un poco erótica, pero me arrepentí. Listo el postre, al refrigerador.  

Ahora, para el aperitivo, realmente no había alternativa. Con dos limones, y por lo demás demasiado chicos, no alcanzaba para hacer pisco sour, que es lo que a ella le gusta o en su defecto le gusta el champagne, pero hoy ninguno de los dos. Nos tendremos que conformar con piscola (pisco y bebida cola).

Molí el queso fresco que había comprado en la mañana, le agregué aceite, pimienta y eneldo: Lo mismo hice con el paté, solo que a este lo aliñe con orégano, estragón y unas hojitas de romero bien molidas; para darle una consistencia más cremosa en lugar de aceite le agregué un poco de ese licor que tenía guardado: ginebra; quedo una pasta de chuparse los dedos, la recomiendo. Con estas pastas, las aceitunas y las galletitas para acompañar las piscolas. ya no se podía pedir más. Para que los vasos de aperitivo no se vieran tan simples se me ocurrió cortar unas rodajas de limón, macerarlas un rato en ginebra y luego llevarlas al campo de hielo sur que tenía en el freezer. Con estas iba a adornar los tragos.

Luego pelé y corte los tomates, lavé la lechuga hoja por hoja y deje las ensaladas listas para aderezarlas en el momento de servirlas.

Ya tenía todo preparado, no sería un almuerzo de lo mejor, pero considerando las circunstancias…

Hora de bañarme, afeitarme, cambiarme de ropa y poner unas gotas de colonia en ciertos lugares que en estos casos se consideran estratégicos.

Cuando estaba en la ducha, pensando en el almuerzo, en el aperitivo y en la suavidad de la piel de la musa que llena páginas en mi novela otoñal, me llamó la atención el inusitado movimiento que se estaba produciendo en el primer piso, en el patio de los dueños del gato gordito. Estaban llegando visitas, los saludos eran muy efusivos y alegres.

Terminé de bañarme, afeitarme, un poquito de desodorante por aquí, un poco de colonia por allí, otro poco por acá; me cambié de ropa, no sin antes cambiar de bolsillo la píldora milagrosa de color azul, esa del mismo color del equipo de fútbol de mis amores, el que no esta tan milagroso últimamente; quizás algunas dosis de esta pastillita a sus jugadores no les vendría mal. A propósito de que he dado algunas recetas para hacer un rico almuerzo, en situaciones de escasez, también recomiendo a mis colegas jubilados que cuando compren este invento maravilloso para los viejitos, no lo pidan en la farmacia por el nombre de fantasía  con que se ha hecho más conocido, sino que por el nombre especifico de la droga, el cual es: Sildenafil, repito: Sildenafil. Hay muchas marcas en el mercado y por supuesto mucho más barato e igual de efectivo. Consideren que las pensiones son escuálidas y las necesidades hay que satisfacerlas; aunque sea una vez al mes, lo cual malo no es. 

La una de la tarde. Fui a la cocina y revisé mi pastel, que estaba en el horno esperando el calor para cocinarse, se veía muy bien. El ambiente estaba muy agradable. El gato gordito seguía acurrucado con los ojos entreabiertos allí en la rama del árbol, observando y vigilando su feudo gatuno, esperando una gatita, igual que yo.

Dispuse una bandeja con las pastas que había preparado, las aceitunas, las galletitas, vasos, el pisco y la gaseosa; llevé todo esto al comedor y encendí el equipo de música y sintonicé la radio Corazón. Estuve a punto de tomarme un combinado de ginebra con bebida cola, ginecola lo llamo yo, por lo demás muy bueno, pero me acordé que no debía hacerlo, puesto que, el alcohol, al igual que las grasas, inhibe los efectos de la “azulita”, por lo tanto me abstuve de aplacar mi sed.

Revisé el postre, noté que la lava estaba escurriendo muy rápido por las laderas nevadas de los volcanes, así que opte por llevarlos al campo de hielo sur del freezer para que también lograran cierta dureza o consistencia y la lava no escurriera antes de tiempo.

Estaba en el campo de hielo cuando sonó el timbre, fue el detonante para que mi volcán interno entrara en actividad; por la ventana vi que el gato también reaccionaba al sonido del timbre, levantando la cabeza y oteando detenidamente la extensión de su horizonte.

Saludos efusivos, un abrazo apretado, un beso largo como el mes que había transcurrido sin vernos, un torrente de preguntas y respuestas mutuas, miradas complacientes y caricias apresuradas. Me dije: tranquilo hombre, la tarde es larga.

Momento de… preparar las piscolas para el aperitivo y también encender la llama…la llama del horno por supuesto, para que se comience a cocinar el rico pastel de jurel. Le comenté lo que le tenía preparado para comer, ante lo cual respondió:

—¡Que rico!, hace tiempo que no como pescado.

—Pues, ahora te vas a deleitar con este pastelito que te preparé- le dije.

—¡Rico! ¡Rico! Volvió a repetir.

Me dispuse a preparar el trago. Dos vasos altos, de esos para trago largo, dos cubos de hielo por vaso, una medida de pisco, dos medidas de bebida y una rodaja de limón impregnado en ginebra (puede ser otro licor aromático) congelado en el freezer. 

El pisco que yo tenía era de uno de los valles nortinos, no recuerdo cual. No importa, puede ser de cualquier valle, tal como: Limarí, Elqui, Huasco o Copiapó, todos son buenos y exquisitos. El ideal para piscola es el de 35 grados. Los de 40, 45 o más grados es mejor tomarlos puros y bien helados, a lo sumo agregarle unas gotas de limón. Usar de estas graduaciones para piscola es un crimen, es lo mismo que hacer una chupilca (vino tinto con harina tostada) o un jote (vino tinto con bebida cola) con un cabernet souvignon gran reserva cargado de estrellas o medallas. Se entiende sí, que éste es mi gusto y preferencia, no pretendo pontificar en ello; pues, en el arte de la gastronomía, si bien es cierto hay tendencias y sugerencias no se deben considerar reglas estrictas, todo depende de gustos, costumbres, paladar y circunstancias. Por ejemplo: a mí, el pescado me gusta con vino tinto, aunque la mayoría dice que debe ser con vino blanco;

—¿Por qué?   –pregunto yo— ¿Y si no hay vino blanco, no puedo comer pescado?

Bueno, basta de recetas, vamos al aperitivo, vamos a las piscolas. Mientras las preparo, ella recorre el departamento, reconociendo sus dominios, buscando celosamente algún vestigio de otros enfrentamientos. ¿De dónde? Si al viejo general, ya cansado, le quedan pocas batallas que librar y solo la espera a ella. A propósito ya era la hora de ingerir el condimento que animaría el próximo combate. La tomé con un vaso de agua, antes de que ella terminara su inspección, no quería que me viera que la estaba tomando; de todas maneras ella sabe que lo hago, incluso muchas veces me pregunta si ya la he tomado. Es bueno que la mujer sepa de esto para que no exija al viejo pensando que es un supermacho y además para que le haga propaganda con sus amigas, no me refiero al viejo, sino que al producto farmacológico.

A mi vaso le eché una pizca de pisco, pues como el alcohol inhibe el efecto, no quiero pasar vergüenza; ya llegará el momento de tomarme una, dos o tres piscolas normales, esto después de…una…dos…tres…

—¡Ricas las pastas! Exclamó ¿Dónde las compraste?

Le expliqué que eran de mi invención, a lo cual me felicitó de una manera muy efusiva, parece que los condimentos que le agregué y la ginebra, realmente tienen efectos afrodisíacos.

El horno, el de la cocina, comenzó a esparcir en el ambiente un grato aroma. El pastel de jurel prometía ser un manjar. Fui a la cocina para cerciorarme de que la cocción iba bien, efectivamente iba viento en popa, como todo en aquel momento; buen barco con buen rumbo; rico aperitivo y apetitoso rancho; excelente capitán y mejor cocinero y además tripulación hermosa, dispuesta y complaciente. Mejor imposible.

Me pareció que mi amigo gatuno, que aún seguía acurrucado en su rama del árbol, me hacía un guiño de complicidad, por lo tanto también le desee suerte con la gatita que, parece, estaba esperando y que todavía no llegaba. 

Con la llegada de Juanita, su inspección, el aperitivo, la conversación y las caricias me había olvidado del ajetreo en el patio del departamento de abajo. Estando en la cocina nuevamente escuché, ya no saludos, sino que más bien algarabía; cuando me acerqué a la ventana abierta a desearle suerte al gato, de soslayo miré hacia abajo, había bastante gente con copas en las manos haciendo salud; mientras el dueño de casa en un rincón del patio se disponía a encender una de esas modernas parrillas a gas mientras que otras personas en una mesa próxima preparaban la carne para el asado, las longanizas y las empanadas. Se me vino el alma al suelo, mi sabroso pastel de jurel era comida para gato frente a aquella montaña de lomo, costillar, pollo y longanizas. Eso era lo que esperaba el peludo amigo del árbol. ¡El festín que se iba a dar! Cerré la ventana para no escuchar el bullicio y no sentir los olores que muy pronto iban a opacar los de mi pastel.

Volví al comedor, Juanita seguía deleitándose con las pastas afrodisíacas, su segunda piscola y además chupando una rodaja de limón congelado con sabor a ginebra, la noté muy alegre y con la falda recogida mostrando mucho más que media pierna. ¡Lindas piernas!

No le comenté de la fiesta de abajo, ni del asado, ni del pastel, de nada; me había bajado cierta depresión, por lo cual temí que hasta la milagrosa no hiciera efecto. Pero al ver aquellas piernas, algo en mi me decía que todo iba bien. También comí galletitas con aquellas pastas, que parece las voy a patentar por el efecto que notaba en Juanita.

De repente ella se paró y mirándome fijamente me dijo:

—Me estas mintiendo. Tú me estas mintiendo.

—¿Por qué, mi amor?  —pregunté asustado, poniéndome a la defensiva, por lo que pudiera venir, sé muy bien cómo se pone cuando algo no le parece bien. Rápidamente para mis adentros, hice un balance, preguntándome que podría haber dicho o hecho que no le pareció bien o que podría haber visto en su inspección ocular del departamento.

Mirándome a los ojos dijo:

—Porque no estas cocinando pescado, estás haciendo asado, siento olor a filete o costillar o longanizas ¡Más rico todavía  Y con sus ojos clavados en los míos agregó:

—¡Negro mentiroso, pero… negro riiico!

A pesar de haber cerrado la ventana, el aroma de la carne igual se introdujo por, por…no sé por dónde, la cosa es que el departamento en segundos se impregnó de aquel apetitoso aroma. 

Por un lado sentí alivio, no era nada tan grave ni había enojo alguno, pero por otro maldije al vecino por ponerse a hacer asado ese día. Aquel principio de depresión anterior, ahora se transformó en deseos de achicarme y esconderme bajo la alfombra, donde Juanita no me viera.

Ella se paró. Rápidamente se dirigió a la cocina y abrió la puerta del horno. Un fuerte olor a pescado se sintió por unos momentos, solo unos momentos, el de la carne era más fuerte y siguió dominando el ambiente. Yo no vi su cara, pero, me imagino, tiene que haber sido de desilusión y de arrepentimiento por haberme dicho: negro rico.

Con un poco de amargura le expliqué lo que pasaba, abrí la ventana y le mostré el patio del vecino; por largos instantes miró hacia abajo y arriscando la nariz se dio vuelta y me abrazó, no supe si para consolarme o para que yo no viera su cara.

—El que va a echar buena va a ser ese gato que está en el árbol  —dijo.

Volvió a abrir la puerta del horno, aspiró el olor del pastel y mirándome dijo:

—Esta rico y ya le falta poco, pongamos la mesa.

En silencio pusimos la mesa, parece que ninguno de los dos se atrevía a decir algo. Serví dos piscolas más, ya no me preocupe de la cantidad de pisco que le eche a mi vaso, me dije, pase lo que pase, total, ya no puede irme peor.

—¡Salud negra linda!  —le dije, tratando de esbozar una sonrisa.

—¡Salud viejo feo!  —me respondió, dándome un gran beso en la boca antes de beberse el trago.

Mientras ella seguía sirviéndose lo que aún quedaba del aperitivo, fui a la cocina, apagué el horno y saque el pastel, al trozarlo en porciones despidió un agradable olor, así que lo puse sobre el mueble al lado de la ventana para que se enfriara un poco antes de llevarlo a la mesa y además para que el olor agradable que despedía aminorara un poco el aroma penetrante de la carne asada. También saqué el postre del freezer para que no estuviera congelado al momento de servirlo. Destapé la botella de vino que había traído Juanita, un tinto cabernet digno de un buen filete mignon y la llevé a la mesa.

Juanita estaba con su copa sentada en el living, me paso una piscola, preparada por ella y me invitó a sentarme a su lado; mostrándome toda la tentadora extensión de sus piernas y el insinuante valle de piel morena, que mostraba su blusa entreabierta, flanqueado por la turgencia de sus senos; además su sonrisa me indicaba que ya había olvidado la desilusión del almuerzo. Ante este panorama me volvió el alma al cuerpo, por lo tanto me deje llevar y entre besos y caricias sin darme cuenta me tome la piscola, la cual parece que era más pisco que bebida.  

Por unos momentos la algarabía del primer piso bajo un poco de volumen y se escuchó claramente la voz de alguien que pedía hacer un salud por el dueño de casa, inmediatamente el inconfundible ruido del descorche de varias botellas de champaña y todos los comensales a coro exclamaron:

-¡Salud por el santo!- ¡Salud Juan!- ¡Salud Juanito!- ¡Salud ¡Salud!-

24 de junio, día de San Juan, ahí me di cuenta del porqué de la fiesta y también en ese momento que estaba abrazando a Juanita, me lamenté no haberme acordado, para nada, que era su día. No supe que hacer o que decir, ella me miró como preguntando: ¿Y tú no me vas a saludar? Quizás ella dejo de lado algún otro panorama por pasar ese día conmigo, y yo como si lloviera.

La verdad que no comulgo mucho con eso de los santos, onomásticos y hasta cumpleaños, las fechas se me olvidan, lo cual más de algún problema me ha traído en mi largo recorrido por la vida.

No me quedaba otra que hacerme el tonto y mentir, como ya lo he hecho otras veces, con otras Juanitas. La abracé fuertemente y le manifesté:

—¡Feliz día mi negra linda! ¿Tú creíste que me había olvidado? —le pregunté y agregué:           

 —No pues mi negra, como me voy a olvidar, eso nunca; estaba esperando que nos sentáramos a la mesa para hacer un brindis como tú te mereces y además con ese excelente vino que trajiste. Lo malo que se me adelantaron los vecinos e hicieron salud antes que nosotros.

Parece que creyó en mi disimulada sinceridad, porque respondió a mi abrazo y además me brindó otro de sus apetitosos besos. Resulto mí chamullo, parece que es cierto aquello de que: "el diablo sabe más por viejo que por diablo".

Al beso siguió otro beso, a una caricia mía, dos de ella, otro beso otra caricia, otro botón de su blusa ampliaba el valle de sus senos, su falda se acortaba o sus piernas se alargaban; mis manos impacientes recorrían aquella hermosa geografía, sus manos también impacientes buscaban su regalo de día de santo.

Nos olvidamos de pastel, de asado, de vecinos, de mi olvido. Ni siquiera el gato en el árbol existía en esos momentos. Se silenció el bullicio, se minimizaron los aromas de comida, desapareció la ropa. El sofá del living se brindó para el regocijo de los amantes. El cambio de sábanas estuvo demás.

Pero, a decir verdad, el amante no se portó a la altura de las circunstancias. La “azulita” no hizo el efecto, el de otros encuentros, el esperado por ambos amantes. ¿La culpa? Bueno la culpa fue de los tragos, las grasas de las pastas y las frustraciones que afectaron mi ánimo. Sin frustraciones, sin grasas y sin alcohol se puede transformar minutos en horas de pasión, una, dos y más…ya lo saben aquellos que, alguna vez, repitan mis recetas: tomen precauciones.

Juanita igual me dio un gran beso y me dijo efusivamente:

—¡Grande mi negro, grande, eres muy rico!

Yo sabía que lo hacía para darme conformidad. Bueno, pensé, habrá días mejores. De lo que sí estaba seguro era que ese no era mi día y parece que tampoco lo era de Juanita.

Nos vestimos. Preparé una piscola con el pisco que quedaba y se la ofrecí a ella, yo me preparé una ginecola, con harta ginebra, total ya no tenía restricción para el alcohol y me la tomé al seco, yo sabía muy bien que ese día, por mi lado ya no pasaría nada más, aunque Juanita me quemara con sus brasas…

—Ya mi amor, sirva el vino que yo voy a buscar el pastel, eso sí, lo voy a calentar un poco por que debe estar frío, tanto rato fuera del horno.

Entré a la cocina, di un grito y quedé estupefacto, Juanita llegó corriendo asustada.

—¿Qué pasó?  —preguntó.

De mi boca no salió palabra alguna, solo atiné a señalar la ventana abierta, por la cual en ese momento saltaba hacia su rama el gato maricón que se había comido casi todo mi pastel y en los dos volcanes de postre había dejado impresas sus felinas huellas.

¡Gato de mierda… ¡ Teniendo filete, lomo y pollo en la parrilla de su casa se vino a comer el frugal almuerzo que con esmero y cariño había yo preparado para mi dulce Juanita.

Definitivamente, no era mi día, me mordí la rabia y traté de aplacar mi impotencia con un vaso de ginebra pura, que quemó mi garganta. Maldije al gato, a los vecinos, al asado, al día de San Juan, a mi escuálida pensión y al sistema. Juanita me miraba con una cara de… no te preocupes, apuré mi trago y nos quedamos por largo rato mirándonos sin decir palabra, hasta que ambos estallamos en una sonora carcajada y nos abrazamos ante la mirada impávida del gato echado en su rama, ahora más gordito.

Con la propaganda de mi pastel y de mi postre, con el olor a asado que se percibía en el ambiente, con las secuelas del combate en el sofá, nuestros estómagos pedían en forma urgente abastecimiento y sobre todo viendo al gato que se relamía los bigotes. ¡Ojalá le haya gustado mi pastel!

Las ensaladas permanecían en el refrigerador, menos mal. Cocí los dos huevos y las dos salchichas que quedaban y ese fue nuestro almuerzo para celebrar el santo de Juanita, lo único bueno, realmente bueno: el vino que ella había traído; claro, ella esperaba otra cosa de mi parte; algo que estuviera a la altura de aquel vino.

Se fue temprano, que sacaba yo con detenerla más tiempo si nada, nada más, podía ofrecerle por ese día.

Como yo sabía que para el próximo fin de semana contaría con platita en la cuenta del banco, ya que me habrían depositado la pensión, cuando nos despedimos en el paradero de taxis, donde la fui a dejar, le dije en voz baja al oído:

—Mi amor, el próximo fin de semana la espero y le prometo que la voy a atender como a una reina, como usted se lo merece, con todo mi amor y en todo lo que usted quiera.

Me contesto también en voz baja y al oído, para que no oyeran las otras personas que esperaban taxi:

—Dejémoslo para  el otro fin de semana, porque el próximo quiero descansar y además voy a andar con mi visita mensual ¿Quiere mi negro?

—Ya mi amor--  —le contesté de mala gana, pensando en que ojalá pronto le llegue la edad en que ya no reciba esas visitas periódicas, que también alteran mi calendario.

Triste y cabizbajo volví al departamento, pensando en el día negro que había transcurrido, por ello me prometí que esto nunca más podía pasar. Lo juro, dije casi en voz alta, juro y estoy seguro de ello, tan seguro como que el azul es el mejor color.

Cuando iba subiendo las escaleras, para el segundo piso, observé que la fiesta en el primero aún continuaba y vi en el patio a la dueña de casa, que con un plato, lleno de trozos de carne y huesos de pollo llamaba:

—Cuchito, cuchito, cuchito, juancho, juancho, cuchito, juaaaancho.

Corriendo llegó el animal, como si estuviera muerto de hambre y por lo que me di cuenta, también estaba de santo el gato huevón.

 

 

Incluido en libro: Cuentos al viento
©Derechos Reservados. Registrado con el N ° 166.350 en el Registro de Propiedad Intelectual - Chile

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