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¡Pobre vieja!

Vicente Herrera Márquez

 

La verdad es que no sé qué hacer con esta vieja,  viejo mañoso yo, vieja quejumbrosa ella.

¡Buen par de viejos hacemos!

Y pensar que fuimos felices. Me daba gusto cuando yo estaba entre sus brazos mientras ella suavemente me acogía y susurrando  subía, giraba, bajaba… girábamos los dos,  gozando del tiempo y la vida.

Pero el tiempo pasa y deja huellas y ya me tiene cansado, son muchos años los que me acompaña y ya no la soporto, incluso me enferma, por momentos el solo mirarla me da lástima y pena.

¡Pobre vieja!

Ya no tiene la suavidad y la tersura de cuando unimos nuestras vidas, su piel está  arrugada y muestra signos de tiempo quebrajado, con pequeñas reminiscencias de años idos. Yo también era más joven, macho impetuoso y reconozco que abusé  de ella, a cualquier momento del día o de la noche, incluso muchas veces nos daban las tres de la madrugada, yo subiendo y bajando y ella girando y girando ¡Era una delicia!

¡Qué bella pareja fuimos!

Hoy desgraciadamente  está toda suelta, los brazos se le caen, los pies tropiezan en la alfombra, hace ruidos extraños que incluso cuando estoy con ella por la noche la oyen los vecinos de departamento de al lado y los del piso de abajo, que de repente golpean las paredes  como diciendo que estamos molestando o tal vez… quieren decir que los estamos erotizando e incitando… y resulta que ellos, los de arriba y los de abajo, están tan viejos o más que nosotros.

Esta vieja mía ya no tiene la suavidad ni la tersura de antes y desgraciadamente  yo tampoco, pero aún no me quejo tanto como ella.

Después de mucho pensarlo y considerando el dolor que me  produce en  la espalda y en el alma he decidido cambiarla.

¡Pobre vieja! ¿Y si la cambio, qué haré con ella?

De todas maneras estoy pensando dejarla en  casa, que ocupe un rincón pues creo que ese derecho se ha ganado, total no me va a quitar tanto espacio y debo reconocer, que con tantos años me acostumbré a ella y sus ruidos, su dureza, sus quejidos cada vez más lastimeros y además debo reconocer que en cualquier momento me puede sacar de un apuro, pues conoce muy bien mis debilidades y mis puntos flacos. Pero igual llegó el momento de reemplazarla. 

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En cuanto la vi me enamoré. Sentí un inmenso deseo de deslizarme por la vida entre sus brazos, era la compañera ideal para reemplazar a la vieja; de piel oscura y tersa, alta, curvilínea y elegante,  brazos  acogedores, de un andar suave y desafiante; además altiva, bella y sensual.

Definitivamente me prendé de ella y en cuanto le hablé y acaricié me aceptó sin remilgos, y no opuso resistencia a que la llevara a mi pequeño departamento de un segundo piso…

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La viejita, otrora hermosa,  allí está con rabia y pena, pero que le voy a hacer, yo necesito junto a mí una compañera nueva para escribir poemas con intenciones nuevas y a la vez gozando de sensaciones nuevas.

¡Ayyy, mi pobre vieja!  Allí la veo abatida y resignada, y pienso en lo ingrato de la vida,  también pienso que esa silla giratoria de escritorio, aunque vieja y destartalada, en algún momento me puede servir.


 

Incluido en libro: Cuentos de Vientonorte
©Derechos Reservados. Registrado con el N ° en el Registro de Propiedad Intelectual - Chile

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