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Tres ¡¡¡Rraaa...!!! por Arrieta

Vicente Herrera Márquez

 

Viejos 

Viejos hay muchos. Hay viejos buenos, viejos lindos, viejos feos; hay viejos cascarrabias, viejos mañosos y viejos testarudos; hay otros que son pillos, ladinos y astutos; los hay verdes, lachos, y picados de la araña; también hay viejitos simpáticos, viejitos amorosos y viejitos de pascua. Hay muchos, hay viejos decrépitos, viejos tal por cual y por si esto fuera poco, hasta hay viejos con….mucho de su madre.

Pero hay un tipo de viejos, que no necesariamente peinan canas, ni lucen añosas arrugas; pueden portar cédulas de identidad con pocos o muchos dígitos, pueden ser imberbes de tez lozana o de ceñudos rostros curtidos y piel ajada, pueden contar nietos con los dedos de ambas manos y hasta pueden ser vírgenes; pueden haber vivido dieciocho o sesenta años y sin embargo todos son “viejos” o “Viejos”. Sí, así, con mayúscula, según sea el contexto en el que de ellos se exprese o se escriba.

Esta, de la que escribo, es una casta muy exclusiva de viejos. Son los trabajadores de la construcción a los que así se les denomina. Dentro de ese conglomerado existe una rama muy especial; son los viejos faeneros

Los viejos faeneros son aquellos excavadores, cargadores, carpinteros, albañiles, pintores, electricistas, mecánicos, maquinistas, choferes, y muchos otros que siendo maestros, ayudantes, jornaleros y aprendices; en el sur o en el norte, en desierto o cordillera, en invierno o en verano construyen un puente o un muelle; una línea eléctrica de alta tensión o un gasoducto; una carretera o una central eléctrica, una instalación minera o una fundición; un observatorio o una represa. Son los que realmente fundan los cimientos de la patria y erigen las estructuras de un país y no hacen aspavientos de ello, ni reclaman su derecho en las páginas de la Historia; no esperan ni exigen más reconocimiento que el que le otorgan las leyes y la voluntad de sus patrones.

Característica de estos trabajadores es que en su gran mayoría realizan estas labores lejos del hogar y la familia; durante largas jornadas de trabajo, con unas muy cortas de descanso y con viajes en bus, muchas veces, de más de veinte horas para la “bajada” y otras tantas para la “subida”, tiempo que se imputa a la jornada de descanso., privilegiados son aquellos que hacen estos viajes en avión.

Generalmente no están en su hogar cuando nacen sus hijos o cuando fallece un familiar cercano. Tampoco en las fechas importantes, como cumpleaños, graduaciones, enfermedades y otras situaciones. Su mujer, sola, tiene que afrontar todos los momentos difíciles y solucionar los problemas, de los hijos y de la casa. También una casta muy, pero muy especial, es la mujer del viejo faenero.    

Muchas de estas faenas son de alto riesgo, sea por las condiciones de terreno, por las características inherentes a la obra y otras veces por los riesgos propios del transporte. No son pocos los viejos, independiente de la edad, los que han quedado en el camino; una explosión, un derrumbe, una colisión, un vuelco, un imprevisto, un error y otras veces un infarto en lugares alejados e inhóspitos. Muchos han vuelto dentro de una urna en el compartimiento de equipaje de un avión o de un bús. Por ello es que muchas veces el viejo faenero retorna a su hogar solo para que depositen su vida truncada y sus huesos cansados en el cementerio del pueblo natal.

A ustedes, viejos de la construcción. A ustedes, viejos faeneros; quiero rendirles un humilde tributo con estos relatos en que mezclo historias y anécdotas, hechos reales y ficción, realidad y fantasía. Todo vivido con ustedes, por espacio de treinta años, compartiendo épocas buenas y malas; momentos penosos y otros alegres; asados flacos con vino en garrafa y otros gordos con vino embotellado de etiquetas doradas, esto es: “épocas de vacas gordas y épocas de vacas flacas”.

 

Feña

Fernando Arrieta, Ingeniero, administrador de muchos proyectos de construcción de líneas eléctricas a lo largo de todo el país, era un profesional considerado y requerido por los ejecutivos y dueños de todas las empresas del rubro, por sus conocimientos y experiencia en obras de este tipo; sobre todo en la década de los años mil novecientos noventa, auge de las instalaciones de faenas mineras, para extracción de cobre, en el norte del país.

F. Arrieta (Feña para los más cercanos) además era conocido, mentado y muy querido por casi todos, por no decir todos, los viejos faeneros de esta especialidad: excavadores, concreteros, carpinteros, enfierradores, estructureros, montadores, linieros, operadores.

Conocido porque casi todos, en más de una ocasión, habían trabajado bajo sus órdenes, ya que en este trabajo, todos se conocen y se van encontrando en distintas obras y alternando en distintas empresas.

Mentado, por que no había reunión de viejos donde no se comentara de los asados y comilonas que organizaba para festejar el término de una obra, el cumplimiento de una etapa o aquella reunión de trago y baile en algún establecimiento de esos que nunca faltan cerca, y a veces no tan cerca de los lugares de faenas; los cuales en ocasiones cerraban sus puertas para atender solamente a Don Feña, sus colegas y sus viejos, hasta altas horas de la noche; olvidando que a las siete de la mañana había que trabajar. Pero a las siete allí estaban, en el frente de trabajo, trasnochados, pero dispuestos a cumplir las metas, las que a pesar de todo y de muchos, se cumplían; lo que ameritaba otro festejo. Además otorgaba buenos tratos económicos y premios a todos sus esforzados viejos.    

Y lo de querido, huelga explicarlo.

Todos los viejos siempre preguntaban en que obra estaba Don Fernando, pensando en la posibilidad de trabajar con él para gozar de los buenos tratos monetarios, de su familiar trato personal y de los excelentes asados; ya que aunque la obra no tuviera el avance esperado y se presentaran problemas que entorpecieran el desenvolvimiento programado, igual se realizaban estos festejos con la intención de “matar el chuncho”.

 

Travesía del desierto

Por allá por el verano del año mil novecientos noventa y dos, siendo Supervisor de Materiales y Equipos de una empresa de Ingeniería y Construcción, tuve que realizar un viaje de trabajo a una faena, en la que estábamos construyendo líneas de alta tensión para una compañía minera “escondida” entre desierto y cordillera en la Segunda Región del país.

El Gerente Técnico de la empresa, además de jefe, amigo; también viajó ese mismo día a la misma faena, iba a supervisar el avance de la obra y reemplazar por el período de descanso al Administrador Jefe, también compañero y amigo, que desde hacía un par de meses, había reemplazado a otro amigo: Fernando Arrieta.

Yo ya llevaba trabajando en la misma empresa y en el mismo cargo, varios años, pero nunca había visitado obras alejadas de la capital, solamente aquellas cercanas en que iba y volvía en el día. Tenía que enviar un vehículo de doble tracción, un jeep Renegado, algunos instrumentos de topografía y elementos de seguridad, así que deseché viajar en avión con el Gerente y llevar yo mismo el jeep. El norte para mí era completamente desconocido, por lo tanto lo tomé como una aventura.

Mi jefe tenía que realizar varios trámites en Antofagasta y lo más probable era que viajara a la mina por la noche, por lo tanto el día anterior cuando nos despedimos le aposté, si mal no recuerdo, una botella de whisky, que al otro día llegaría a la mina, prácticamente a la misma hora que él. Me aseguró que aunque yo partiera de Santiago a las tres de la mañana ni ca… llegaba esa noche. Además, como conocedor de la pampa y viejo zorro del desierto, sobre todo sabiendo de mi ignorancia en conducir por esos parajes, me dio varios consejos, me indicó cuales eran los lugares en los que podía exceder el límite de velocidad sin arriesgar una multa y me hizo varias recomendaciones, entre ellas una que me llamó la atención. Calculó mas o menos donde podría yo estar cuando me diera la noche y me dijo que cuando fuera conduciendo por un túnel de árboles, buscara un lugar apropiado entre ellos, saliera de la carretera y me pusiera a dormir; sonreí ante esta recomendación (Arboles en el desierto) y la olvidé.

Temprano, de madrugada, como a las cinco atravesé Santiago, tomé la ruta cinco y enfilé rumbo al norte.   

Comencé a contar, sumar, y calcular de acuerdo al kilometraje que indicaba la guía de carreteras, de la cual me había premunido, a que hora iba a estar en cada ciudad por las que tenía que pasar.

En Los Vilos una taza de café, unas galletas de agua. Un carabinero me pidió lo llevara hasta Coquimbo, pensé no más de 100, y justamente era uno de los tramos en los cuales podía correr a mayor velocidad, según el viejo zorro del desierto. Pero no fue así, el carabinero me ayudó a apretar el acelerador a fondo; él iba atrasado.

En La Serena, medio día y media hora, tiempo para rellenar estanque y estómago y también para conocer la ciudad por ambos lados de la carretera.

Seguir contando y sumando kilómetros, pasando y dejando atrás pueblitos como Cachiyuyo, famoso por un teléfono rural, único en el pueblo y uno de los pocos pueblos que en esos años contaban con este servicio, por eso la propaganda famosa: este pequeño caserío conectado al país y al mundo.

Media tarde, Copiapó, quince minutos, tiempo para comprar unas bebidas, unas galletas, pasar al baño y vamos andando.

Ya con el sol hundiéndose en el mar: Chañaral, otra vez rellenar estanques, uno con gasolina el otro con café. E inmediatamente proseguir en demanda del norte; contando sumando y restando. Por el resultado pensé que era muy posible que perdiera la botella de whisky.

Agua Verde, último lugar poblado y con provisión de agua y gasolina antes de alcanzar el destino final: la mina donde estaba la faena. Las diez de la noche y muchos, muchos kilómetros aún por recorrer.

Aquí, aunque el marcador me indicaba buen nivel de gasolina igual rellené y llené dos bidones metálicos de 20 litros cada uno, esto fue una de las recomendaciones de mi jefe, puesto que la distancia entre este punto y la mina es grande, y es común encontrar a medio camino conductores, incluso experimentados, esperando el paso de otro más previsor.

Rápidamente arriba del jeep y acelerando, no quería perder la apuesta, que además tenía que ser una marca muy conocida, pero no necesitaba sacar más cuentas para saber que ya estaba perdida la botella de Chivas.

Ya medianoche comencé a sentir un poco de frío y según los cálculos que hice mentalmente me faltaba para llegar más de doscientos kilómetros, recordé otra recomendación del jefe, si llegaba más allá de una hora determinada al ingreso de la mina, no me permitirían la entrada hasta el otro día y tendría que dormir en el jeep y soportar el intenso frío que en esas alturas puede sobrepasar los 20 grados bajo cero, por lo tanto comencé a pensar en detenerme.      

Corrí un poco más por la noche entre la neblina y de repente después de un largo bostezo me doy cuenta que voy pasando bajo un oscuro túnel de enormes y tupidos árboles, me acordé del viejo zorro del desierto, busqué una salida en un claro del bosque estacioné entre los árboles, detuve el motor, puse seguros en las puertas y sin más me quedé dormido arrullado por el silencio de la noche en medio de un bosque de uno de los desiertos más áridos del mundo.

Desperté por el ruido de un camión de transporte, cargado con automóviles que transitaba por la carretera con dirección al sur. Ya despuntaba el alba y para mi sorpresa, no había túnel, no había bosque, no había árboles, no había nada; algo o alguien los había talado mientras yo dormía. Todo era desierto y sólo desierto.

Salí del jeep, sentí un frío cortante en mi rostro y quedé como hipnotizado por la bastedad del desierto, su inhóspita belleza y su elocuente silencio. Observé los cerros que vestidos de grises y marrones, se recortaban contra el horizonte marcado por los reflejos de la aurora, semejando animales prehistóricos que despertaban de un largo letargo invernal.

Encendí el motor y mientras éste se calentaba, me afeité, me lavé la cara y los dientes, tomé un tazón de café caliente con el agua del termo que había llenado junto con los bidones de gasolina en Agua Verde. Por última vez miré en rededor buscando vestigios del bosque y partí en demanda de mi meta que calculé a cuatro horas de camino, pavimento y tierra a velocidad moderada, para no llegar muy temprano y además para llenar mi vista con aquella inmensidad carente de vida animal y vegetal.

Poco más de una hora, un cruce llamado Las Primas, un parador solitario para camioneros hambrientos y sedientos, tomé desayuno con un grupo de ellos, alguien mencionó el túnel de árboles, no quise preguntar pero, por lo menos, quedé conforme al saber que no era el único que alucinaba.

Aquí un letrero indicaba al Este la distancia que aún me faltaba recorrer. Camino de tierra y subiendo en busca de la mina “escondida” entre cerros y desierto.

Después de recorrer una buena distancia y ya internado por sinuosos caminos de montaña miré el nivel de gasolina en el estanque, calculé que me alcanzaba y sobraba para llegar a destino, se había equivocado el viejo conocedor de aquellos parajes.

Al poco andar una Toyota Hylux sin gasolina, diez kilómetros mas allá una Luv doble tracción y ya a poco de llegar una Nissan con el mismo problema. Característica común: todos los conductores usábamos casco blanco. Mi viejo Renegado no necesitó de los bidones, pero vaya que sirvieron para aquellos que no tuvieron la precaución que yo tuve, gracias a la recomendación de aquel zorro diablo que tenía como jefe.     

Llegué en el tiempo calculado esa mañana, pensando en la apuesta perdida y en aquel refrán que dice: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

Una semana permanecí en la obra supervisando lo relativo a mi labor dentro de la empresa y además conociendo en el terreno mismo el sacrificado trabajo de los viejos, que con su esfuerzo no solo ganan su sustento, sino que, también contribuyen al del gerente, al del administrador, al de Feña Arrieta y también al mío.

Mi jefe, Gerente Técnico y amigo me llevó a conocer toda la extensión de la línea que estábamos construyendo entre cerros, planicies y salares con el marco del volcán Llullaiyaco. Todos los días salíamos cuando el sol llegaba y volvíamos al campamento cuando ya se estaba yendo, así es el trabajo en faena; de sol a sol, de lunes a lunes, no hay domingos ni festivos, no hay calendario; solo fechas de bajada, de subida y de término de obra. Es para sacarse el sombrero delante de estos trabajadores, incluyendo en ellos no solo maestros y ayudantes, sino que también todos los profesionales que dirigen, controlan, y administran una obra; es decir desde el administrador general hasta el más anónimo jornalero.

Al anochecer después del baño reparador y una buena comida, el jefe me invitaba a un trago para paliar el frío de la noche, pretexto, ya que los campamentos mineros están muy bien equipados, en ellos los casinos, dormitorios y otros servicios son de primer orden.

Todo campamento es zona seca, es decir, terminantemente prohibido el alcohol. Igual todas las noches el jefe me invitaba un trago, llegábamos al dormitorio me preguntaba que quería, tenía varias alternativas: whisky, ron, coñac, licor de cacao y varios otros, mientras yo elegía, de su velador sacaba una caja llena de caramelos rellenos con licor. Excelente bar.

 

Regreso a Santiago

Cuando llegó el día que debía retornar a Santiago, el jefe administrativo de la obra me ofreció viajar en avión o en bús salón-cama, yo sabiendo que salía un bus con retorno de trabajadores le manifesté que quería viajar con ellos, me miró y preguntó si realmente estaba seguro de ello, como yo asentí, me respondió que era mi decisión, que yo sabía lo que hacía.

A las nueve de la mañana de un día domingo, un bus de transporte interno dentro de la faena, nos llevó desde la mina hasta el cruce con la carretera, Las Primas.

Aquí abordamos un bus de recorrido interprovincial de una de las más importantes flotas de transporte que realizan este servicio. El conductor, un auxiliar, cuarenta viejos faeneros y yo, una hora antes de mediodía, con rumbo al sur, para llegar a las ocho de la mañana del otro día a Santiago.   

En el viaje de la mina hasta el cruce los viejos lo hicieron en relativo silencio, al parecer cansados y aún con sueño o quizás por el hecho de ir viajando en un bus de faena, lo que aún los hacía sentirse dentro de ella y no tenían la sensación de ir de regreso a su casa.

En cuanto hicimos trasbordo de máquina y partimos de Las Primas el ánimo cambió. Todos hablaban, cantaban, se reían, contaban chistes, todo dentro de un marco de sana alegría y camaradería, pensando que al otro día estarían abrazando a su mujer y a sus hijos, los casados, a sus pololas o novias los solteros y a sus nietos los abuelos.

Yo iba sentado en uno de los primeros asientos, junto a un maestro que no conocía, con el cual comenzamos a intercambiar situaciones y experiencias de otras obras, de otros lugares y de otras personas de común conocimiento. Ambos reíamos y festejábamos las tallas de los viejos, como también lo hacía el conductor del bus y su ayudante; este último además atendía solícito cualquier requerimiento de los pasajeros.

Entre las tallas, varias de ellas, un poco veladas algunas y otras más directas, iban dirigidas a mí, ante lo cual no me quedaba otra que sonreír y hacerme parte de aquella diversión.

En cierto punto del camino, algunas características del entorno, me trajeron a la memoria aquel túnel de árboles que me había hecho detener una semana atrás, miré el sol brillante, el ondulante horizonte y me dije: no es hora para alucinar observando las grandes lagunas que nos rodeaban.

Como a las tres de la tarde arribamos a Chañaral, abrazados por un calor sofocante, calor que no habíamos sentido gracias al aire acondicionado del bus.

Una hora para almorzar, anunció el conductor; que había detenido su máquina frente a un restaurante, hecho que inmediatamente causó revuelo dentro de éste, al ver entrar esa legión de viejos faeneros que venían bajando, más sedientos que hambrientos, después de la aventura de semanas en la montaña, la travesía del desierto y además con platita en el bolsillo.

Inmediatamente comenzaron los pedidos: cazuelas de ave o vacuno por un lado; pescado frito por otro, pastel de choclo por aquí, una paila marina por allá, y más de alguno pidió un buen bife a lo pobre; y todos, lo cual me llamó la atención, botellas de bebidas gaseosas de las más grandes, uno y medio o dos litros. Parece que era grande la sed.

Me ubiqué en una mesa, junto con mi compañero de asiento, un par de capataces, un topógrafo y un corpulento operador de camión grúa, que tiempo atrás había trabajado conmigo, como chofer de adquisiciones en la oficina central.  

Todos pidieron más o menos lo mismo de las otras mesas, yo me tenté con un gran trozo de congrio frito y un buen plato de ensalada a la chilena. Todos en la mesa también pidieron gaseosas, solo que en botellas individuales. Yo con un poco de temor, me atreví a pedir una cerveza de tamaño normal; al escuchar mi pedido, un capataz, el topógrafo y mi compañero de asiento, cambiaron de opinión y también pidieron cerveza; eso sí, la mezclaron con la gaseosa. El operador, que había trabajado conmigo, fue el único de los cuarenta viejos que pidió agua mineral.

El almuerzo transcurrió entre tallas, risas y brindis con Coca-Cola, Fanta, Bilz, Papaya y otras bebidas gaseosas; solo yo lo hacía con cerveza y con vergüenza ante tanto abstemio.

Transcurrida la hora, el conductor ya estaba en su puesto esperando que subieran los pasajeros. Fui uno de los primeros en ocupar mi asiento. El conductor quiso decirme algo, pero en ese momento comenzaron a subir todos los viejos. Me llamó la atención que todos subían premunidos de una o dos botellas grandes de gaseosas. Debe ser grande la deshidratación que produce el estar veinte, treinta, y hasta cuarenta días en la agotadora faena. Algunos subían con una sonrisa un poco forzada y ojos somnolientos, pensé, debe ser el calor de la tarde o el opíparo almuerzo consumido lo que aplacó los bríos anteriores a la detención en aquel restaurante.

Como a las cinco de la tarde, con un sol sofocante, el bus de nuevo corriendo por la Panamericana con rumbo a Santiago.

Alrededor de una hora duró, lo que parecía siesta. Durante ese tiempo, mi vecino de asiento realizó un par de viajes a la parte posterior del bus. El conductor y el auxiliar varias veces intercambiaron palabras y miraban a los pasajeros por el espejo retrovisor. Poco a poco se comenzaron a escuchar murmullos, que fueron subiendo de volumen hasta convertirse en algarabía, similar a la de la mañana.

Pero había algo en el ambiente, que la hacía distinta; el tono de las palabras, el tenor de la conversación, el calibre de las tallas y un tufillo en el aire que no era precisamente a Bilz, Papaya u otra bebida gaseosa de las que habían subido en Chañaral.

En una de las vueltas de mi compañero, que regresó sonriente, algo me comentó, cuando me habló su aliento me llevó a la realidad; recién me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Miré al conductor, el cual para mi sorpresa me estaba mirando a través de su espejo y me hizo un gesto de asentimiento. Me acordé, en ese momento, que cuando subimos después del almuerzo, algo había querido decirme. Pues esto era.

Las botellas tenían el color de la bebida original pero el contenido era por lo menos un cincuenta por ciento pisco, vino o cerveza; mi vecino me comentó que en el almuerzo las bebidas también eran camufladas; y pensar que a mí me dio vergüenza pedir cerveza ante tanto abstemio; me reí para mis adentros.    

Me puse de pie, miré a los viejos, varios me saludaron con un: ¡Salud jefe! Y se llevaron sus botellas a los labios, les contesté con mi lata de Coca-Cola Light y ahí comenzó la fiesta, parece que el que yo dijera salud era el detonante que faltaba.

La algarabía fue total, chistes y tallas de todo tipo, risas, cantos a coro, gritos y brindis. Brindis por todo y por todos, por cada uno de ellos, por el conductor del bus, por el auxiliar, por mí, por cada uno de sus jefes y por Feña Arrieta.

Otra entretención que inventaron, la cual no me pareció muy atinada; consistía en llamar al auxiliar, muchacho joven, con cualquier pretexto y cuando éste recorría el pasillo lo tocaban y agarraban por todas partes, sobretodo sus partes púdicas, lo cual exacerbaba aún más los ánimos caldeados por el licor.

Mi compañero ya no hacía viajes a la parte posterior, en algún momento trató de justificar el comportamiento de sus compañeros; después cerró los ojos, al parecer simulando dormir, pero yo me daba cuenta que no era así porque a cada talla o ocurrencia de los demás sonreía, con los ojos cerrados simulando dormir.

Ya con las últimas luces del día comenzamos a descender una cuesta con muchas curvas y con bastante pendiente. Fue en ese momento cuando no se les ocurrió nada mejor que comenzar a saltar y correr por el pasillo. Dos de ellos premunidos con cámaras fotográficas comenzaron a plasmar con ellas vistas para el recuerdo. Esto de las fotografías era entretenido y comprensible, pero dejó de serlo cuando en el preciso momento en que el bus tomaba una curva cerrada alguien ordenaba con gritos que todos se corrieran atrás, luego adelante, a un costado y al otro, esto en repetidas ocasiones y en cada una de las curvas de la cuesta. En cada movimiento tomaban una fotográfica y además ponían en peligro la estabilidad del bus. Yo miraba al conductor, que con dientes apretados y con el volante firmemente asido, hervía por dentro. El auxiliar se aferraba a su asiento preocupado.

Cuando salimos de la cuesta, ya oscuro, los ánimos se calmaron un poco, parece que las curvas los excitaban. Era que no, a mi también me excitan las curvas, pero no éstas, ni en estas circunstancias.

En esos momentos fui al baño, ya no podía contener la cerveza que había tomado con vergüenza en Chañaral; mejor no hubiera ido, ahora me invadió otra vergüenza que sería largo de explicar y quizá no viene al caso. El bus y el baño eran un chiquero.

Al poco rato el alboroto continuo, ahora las botellas de plástico vacías eran proyectiles. Le pedían a gritos, al conductor, que encendiera las luces interiores. Parece que éste no las encendía pensando que la oscuridad podría traer el sueño y calmar a los exaltados viejos.

Noche oscura y estrellada, como a las diez entramos al terminal de la ciudad de Copiapó, mitad de camino a nuestro destino.   

Bajó el auxiliar, el chofer permaneció en su asiento y mantuvo la puerta cerrada para que nadie bajara, sabiendo que si lo hacían sería para reabastecerse de la bulliciosa, molesta y dañina mezcla etílica.

Aquí comenzó una discusión entre el conductor y varios viejos que querían bajar con cualquier pretexto, pero aquél se puso firme y no abrió la puerta.

De repente desde la parte posterior, como un energúmeno, con los ojos inyectados en sangre y voz áspera trabada por el alcohol, arremetió un viejo corpulento alegando que ellos eran los que decidían lo que hacían, ya que para eso pagaban pasaje de primera clase y que él podía manejar el bus. Esto era un verdadero motín en carretera. En su actitud se notaba que su intención era pegarle al conductor. Este se puso de pie y esperó al agresor dispuesto a defenderse.

Aquello rebasó mi paciencia y de un salto me interpuse entre los dos dispuesto a terminar con aquella situación, antes que el conductor o el auxiliar que estaba abajo requirieran la asistencia de la fuerza pública.

Cuando estuve entre los dos me di cuenta que el energúmeno era un viejo conocido mío, era aquel operador que había tenido como chofer de adquisiciones en Santiago y que en la mesa que compartimos en Chañaral acompaño su almuerzo con agua mineral.

Apelando a nuestra antigua relación de trabajo y hablando más fuerte y claro que él, logré calmarlo y enviarlo a su asiento, ayudado en esto por dos maestros, conocidos por años y que no habían participado de la jarana de los demás.

Luego de esto, aprovechando el silencio que se produjo y levantando la voz, para que todos me oyeran, les pedí me escucharan. Les expliqué que en el bus, estando fuera de la faena y no siendo éste de nuestra empresa, carecía yo de toda autoridad para llamarles la atención y tomar alguna medida en contra de ellos, pero que como persona y pasajero les exigía el respeto correspondiente para mí, el conductor, el auxiliar y también para aquellos pocos que no participaban de su escándalo y no se atrevían a llamarlos a la cordura. Además que si alguien tenía autoridad dentro del bus, éste era su conductor y estaba en todo su derecho de llamar a Carabineros para hacer bajar e incluso detener al que estuviera violando las normas para este tipo de servicio. Incluso amenacé con hacer valer mi cargo dentro de la empresa para tomar alguna medida en contra de aquel que continuara provocando desorden.

Todos en su asiento, el silencio fue total. Volvió el auxiliar. Gracias amigo, me dijo el conductor. Salimos de Copiapó, carretera y buscando Santiago que aún estaba lejos.

Solamente algunos murmullos, alguien que mencionaba que esto, parecía una cárcel, y no un bus de transporte de personas cuerdas, responsables y trabajadoras, que pagaban su pasaje. Luego silencio, respiraciones acompasadas y también fuertes ronquidos.    

Yo nunca he podido dormir viajando, menos en estas circunstancias.

Cuatro de la mañana, terminal de La Serena, cuarenta viejos faeneros profundamente dormidos. El conductor, el auxiliar y yo bajamos, fuimos al baño, tomamos un café bien cargado y caliente. El auxiliar subió una caja con sándwiches y dos termos con te y café para el desayuno de los pasajeros. Todo esto en veinte minutos. Próxima parada: Santiago.

A la altura de Los Vilos ya se insinuaba el nuevo día, pronto los primeros rayos de sol comenzaron a despertar a los pasajeros, algunos murmullos y de pronto desde el fondo del bus una voz potente que rompe el silencio, se hace oír y termina de despertar a los que pretendían seguir durmiendo.

¡Atención compañeros, todos conmigo!

¡Tres rra por Fernando Arrieta!

¡rra! ¡rra! rra!

¿Por quién?

¡Por Fernando Arrieta!

Contestó al unísono un coro de cuarenta viejos faeneros que volvían a su hogar, y su familia, después de una larga jornada de trabajo haciendo patria y forjando país en el inhóspito desierto y la agreste cordillera.

La alegría, la risa, los chistes y las tallas, todo se reanudó, pero ya sin los efectos del alcohol. El auxiliar sirvió el desayuno, nadie lo molestó, al contrario un viejo de veinte años le ayudó. Varios me saludaron con un buen día jefe y me preguntaron como había dormido.

Sonreí pensando en el día y la noche anteriores, en el viaje que hice solo en jeep, desde Santiago a la obra, en el viejo zorro, en el jefe administrativo que me había preguntado si realmente quería viajar con los viejos, en todos mis amigos, compañeros y colegas de la construcción y por supuesto también en Fernando Arrieta.

Me prometí, para mis adentros, que si bien es cierto, mucho puedo querer y admirar a los viejos faeneros; nunca, nunca más un viaje de retorno con ellos.

Entrecerré los ojos, parece que dormí, porque cuando los volví a abrir después de soñar con un gran y bien regado asado ya estábamos entrando a Santiago.

Miré por el espejo al conductor, éste me saludó con una amplia sonrisa y un gesto amable levantando su pulgar derecho, parece que también conocía a Fernando Arrieta.       

 

Incluido en libro: Cuentos al viento
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