PÁGINAS AL VIENTO  -  Cuentos PANEL CENTRAL

Viaje de vida y vuelta

Vicente Herrera Márquez

 

Es un día de verano, de calor sofocante. El sol de las tres de la tarde arroja sus rayos, casi perpendiculares, sobre los bien cuidados prados del parque, enclavado en los faldeos de la pre-cordillera. Algunas aves, en realidad muy pocas a esa hora, sacuden levemente el follaje de los bellos árboles que lo adornan. Especies nativas como peumos o arrayanes o exóticas como castaños de la India, tujas y abedules, se yerguen elegantes. Manchones de vistosas flores de temporada, como petunias, vinkas, orejas de oso, bordeadas de allíssiums y aghateas, matizan las grandes extensiones verdes. No hay brisa alguna, es la gran ausente. El silencio lo interrumpen los pocos visitantes que buscan la sombra densa de un aromo o la tenue de un jacarandá.

Se escucha a lo lejos un rumor que comienza a alterar la tranquilidad del parque.

Son puntuales. A las quince horas, se leía en el obituario del periódico: serán las exequias del importante hombre de negocios, ejemplar jefe de familia, distinguido vecino e intachable servidor público, fulano de tal y se realizaran en el cementerio Parque del Recuerdo, ubicado en determinado lugar.

Es un largo cortejo el que llega: dos lujosas y enormes carrozas, repletas de coronas multicolores; una elegante limusina; autos modernos de conocidas marcas y modelos; más atrás autos menos vistosos y cierra la comitiva un autobús de color amarillo.

De la limusina bajan los que deben ser los parientes más cercanos, mujeres y hombres de riguroso luto. Ellos con trajes y corbata negra, ellas con sombrero y velo negros y además todos con anteojos oscuros. De los otros automóviles bajan hombres, mujeres y niños, todos vestidos formalmente a pesar del calor reinante; entre ellos se distingue un sacerdote católico. Los últimos que se van agregando a la marcha por los senderos del cementerio son personas más sencillas, muchos con jeans y en mangas de camisa. Cierra la comitiva un grupo considerable de jóvenes, aparentemente de un club deportivo, ya que todos visten una camiseta de colores vistosos y además portan un estandarte.

Después de transitar por distintos senderos bordeados de verde y abrazados por la canícula estival, llega el cortejo a un gran prado donde se destaca un toldo de lona, también verde, que da sombra a los deudos, parientes y amigos más cercanos. La gran mayoría debe soportar la implacable agresión del sol.

El primero en hacer uso de la palabra, luego de un responso religioso, es el sacerdote, que con palabras repetidas decenas de veces destaca a grandes rasgos las cualidades del fallecido: Buen padre, mejor esposo, excelente abuelo, devoto creyente y activo colaborador de las obras de la parroquia.  

Luego le toca el turno a un miembro de una colectividad política, por la cual el occiso demostró alguna afinidad. Después de recalcar lo dicho anteriormente por el cura, agrega a ello, las cualidades de rectitud, entrega y probidad que demostró en su vida como miembro activo de la comunidad.

Le corresponde continuar, en los discursos, a un socio del club ecuestre, al que perteneció el difunto. Alaba las dotes de deportista que éste tenía, su amor por los caballos, su pasión por el rodeo, sus conocimientos enológicos, además con ello recuerda a los presentes la ascendencia de familia tradicional, propietaria de caballos y grandes viñedos en la zona de Colchagua.

También hace uso de la palabra, alguien que se dice amigo y compañero de colegio y universidad, el cual recuerda situaciones vividas juntos; los honores obtenidos, el exitoso desempeño de su carrera y alguna anécdota en la antigua escuela de ingeniería de la calle Beauchef.

Al parecer ya nadie más, de los que están en primera fila, quiere decir algo; por lo tanto puede al fin acercarse al pequeño estrado de los oradores el representante de los trabajadores de la empresa, propiedad de la familia del difunto. Recuerda, como empleado antiguo, los inicios difíciles de la entonces pequeña fábrica textil, a mediados de la década de los cincuenta; los obstáculos que tuvieron que sortear, los momentos de incertidumbre, las dificultades políticas de los años setenta y las crisis económicas. Pero, como a pesar de todo ello, con la fuerza y voluntad del fallecido en conjunto con todos sus trabajadores, a los que él quería como si fueran su familia, lograron vencer todas las barreras y hoy agradecidos son parte de una gran y próspera empresa.

A esta altura del sepelio, ya muchos, tanto deudos directos, familiares, amigos y otros asistentes, comienzan a impacientarse, sea por lo lato de los discursos, sea por el calor reinante.

Un hombre de avanzada edad, de espalda encorvada, vestido en forma humilde, apoyado en un bastón, que se encuentra entre los asistentes, que escuchó pacientemente todos los discursos y que comenzaba a dudar de que fuera el amigo de tantos años y de tantas correrías a quien estaban despidiendo, después de oír al representante de los trabajadores se da cuenta de que sí es su amigo. Sí, realmente es su amigo, quien yace en el lujoso ataúd que espera entrar por la boca de la tumba abierta en el verde prado y fue lo dicho por el viejo trabajador lo que lo anima a acercarse y solicitar le permitan decir algunas palabras, aduciendo ser un amigo de toda una vida.

Los deudos no prestan atención a su pedido y lo ignoran, salvo dos personas: un joven, aparentemente, nieto del occiso, elegantemente vestido con traje, corbata y lentes oscuros y una muchacha de unos dieciocho años,    vestida con jeans ajustados, blusa blanca, lentes no tan oscuros y un pañuelo negro amarrado en la muñeca izquierda; los que sí se interesan en aquel hombre que espera una respuesta para despedirse del amigo.

El anciano sigue insistiendo en la amistad que lo unía al muerto y en su deseo de decir algunas frases de recordación y despedida, más nadie le presta atención.

El cura dice una última oración y todos comienzan a retirarse, entre ellos el cura.

En menos de quince minutos ya se han retirado todas las personas de negro y las de tenidas formales. Solo quedan los jóvenes deportistas del autobús amarillo, entre los que sobresale alguien de cabellos muy canos; también un señor de unos cincuenta años en una silla de ruedas junto a un muchacho de más o menos catorce años; dos mujeres de mediana edad, que se encuentran un poco alejadas bajo la sombra de un solitario jacarandá en medio del prado; antiguos trabajadores de la empresa; el anciano amigo que había querido decir algunas palabras y los dos jóvenes que habían querido oír lo que aquél quería expresar.

El joven de traje negro se acerca a los encargados de cubrir la sepultura y les pide esperar un poco más, luego sacándose los lentes y la corbata se acerca al hombre viejo y le pide que diga lo que al parecer todos los que allí se encuentran quieren escuchar, mientras algunos buscan la sombra del toldo que antes cobijó a los deudos elegantes.

El anciano, con paso lento, se acerca al féretro, carraspea, levanta la cabeza y deposita en los presentes una mirada tranquila y serena; trata de hablar pero no puede. Nuevamente carraspea, traga saliva y de su boca comienzan a brotar estas palabras:

Amigo mío, casi medio siglo ha pasado desde la última vez que nos vimos, allá en un terminal de buses en una ciudad del sur argentino. Por la prensa me enteré de tu partida de este mundo y a pesar de los años transcurridos quise venir a despedirte, a desearte buen viaje por los caminos del retorno. Retorno, que más tarde o más temprano, todos debemos emprender. De la tierra nacemos y a la tierra tenemos que volver.

Cuando llegué aquí, a éste, ahora tu parque, y vi la cantidad de gente que venía a despedirte o a dejarte a este lugar, pensé que no iba a poder hablar contigo, por lo tanto me armé de la paciencia que he juntado en casi un siglo de estadía en esta vida y me dije: voy a esperar que se acaben los discursos, que se acallen los llantos, que se aleje la pompa y cuando quedemos solos vamos a recordar ese otro medio siglo que al trote o galopando recorrimos, acortando distancias, gozando la libertad y girando a cuenta de nuestra, entonces, eternidad.

Pero como muchas otras veces, me equivoqué, al parecer no soy el único que quiere estar más tiempo contigo.        

Somos muchos los que aquí aún estamos presentes y lo más probable es que seremos los únicos que seguiremos estando contigo o tú estando en nosotros.    

Por eso, amigo mío, quiero compartir con todos los que en este momento nos rodean, un poco, o mejor dicho, lo poco que recuerdo de aquel otro medio siglo que no conocen y que no quisieron conocer los que se retiraron.

Allá por el año 1920, ya corríamos juntos tras un volantín y ensuciábamos nuestras rodillas jugando a las bolitas o éramos cómplices en las bromas que hacíamos a nuestros compañeros del cuarto año básico en aquella escuelita primaria en San Fernando. Siempre recuerdo aquella vez que pusimos una lagartija muerta en el bolsillo del hijo del turco, dueño del almacén; o la vez que dejamos encerrada en el baño, a la hora de salida, a la Maria Luisa, hija de la modista y tantas otras bromas que solo a nosotros se nos ocurrían.

Cuando terminamos el sexto año de enseñanza básica, nadie, ni nosotros, pensamos que tendríamos que seguir estudiando. Ambos sabíamos lo que nos esperaba, esto era trabajar; ya que nuestras familias eran de origen campesino, pobres, labradores de la tierra, cosechadores de la tierra, hijos de la tierra, pero no dueños de ella.

Tú vivías con tu padre, tu madre y dos hermanos. Yo vivía solo con mi madre. A mi padre nunca lo conocí, mi mamá siempre me decía que se había ido a trabajar a otro país y nunca más se había sabido de él. Recuerdo sí, que siempre tu padre llegaba a mi casa y le llevaba a mi madre alimentos y dinero. Perdona amigo que nunca te haya contado esto. Tú vivías en un extremo del pueblo, yo en el otro.

Muy pronto tu padre te llevó a trabajar con él en el fundo del patrón, cerca de Peralillo. También me llevó a mí. Empezamos ayudando en las siembras y en las cosechas, luego aprendimos la ordeña y el cuidado de las vacas, pronto supimos cuando hay que destetar un ternero y cuando hay que castrarlo para que se convierta en buey.

En las viñas empezamos entresacando hojas y cortando pampanitos; muy pronto supimos que era una cepa cabernet, merlot o semillón y también pronto aprendimos a paladear el sabor de ellas, probando a escondidas, con una manguerita, los mostos que maduraban en las bodegas.

Luego aprendimos de caballos: como amansar un potro, como enseñarles a obedecer el manejo de riendas y las órdenes del jinete; como atajar un novillo en la medialuna; como ayudar a una yegua en su parición y como correr y ganar una carrera a la chilena, esa en la que solamente compiten dos colleras, cada una caballo y jinete, cual centauros. De allí tus conocimientos de caballos, de vinos y viñedos. Sí, claro, yo también adquirí esos conocimientos y juntos muchos otros, pero hoy, estamos hablando de ti.    

Tu padre, que llegó a ser la mano derecha del patrón, siempre disponía que en todo trabajo estuviéramos juntos y que donde tú fueras o estuvieras, fuera y estuviera también yo.         

Muchos pensaban que éramos hermanos a pesar de nuestras diferencias, tú eras más bien rubio, fornido y alto, en cambio yo bastante mas bajo, moreno y flacuchento, además teníamos la misma edad la misma edad con una pequeña diferencia de sólo meses. Tú tenías la nariz igual a la de tu padre y por extraña coincidencia la mía también era igual a la de tu padre. El nunca hacía ningún distingo entre los dos.

Gran hombre tu padre. Además de las labores propias del campo, nos enseñó a enfrentar la vida con entusiasmo y alegría; a no aflojar en las dificultades; a mirar de frente y actuar con verdad; a jugársela por un amigo; a respetar a las mujeres y a escuchar a los viejos.

Cuado cumplimos diecisiete, tu padre nos llevó a los dos, un sábado por la noche, por una calle estrecha y oscura en las afueras de San Fernando; golpeó en una puerta de mampara tenuemente iluminada por un pequeño farol, parece que lo conocían y esperaban, ya que el saludo fue muy familiar. Si afuera era oscuridad y silencio adentro era lo contrario: luces, música, jolgorio y mujeres, muchas mujeres. Tu padre se acercó a una de ellas, la de más edad, después de saludarla en forma muy efusiva le dijo:

—Aquí le traigo a mis chiquillos....

Allí para nosotros comenzó otra vida, cuando salimos miramos el mundo con otros ojos, ahora, ya éramos hombres.

Y como hombres nos sentimos dueños del mundo y administradores de nuestra libertad. Nunca nos amarramos a partidos políticos. Nunca nos sometimos a ideologías ni comulgamos con religiones. Nunca fuimos buenos para tomar, solo lo justo y necesario. Sí, nos gustó la buena y abundante mesa. Nunca nos atrajo el juego y el azar, mas nos sedujo ganar nuestra plata trabajando. Nunca buscamos camorra ni pendencia. Si por alguna razón había que defenderse o proteger al más débil, éramos leones.

Pero si algo nos gustó en la vida fueron las mujeres, tan bellas ellas, eran tantas, y nosotros solamente dos y queríamos complacerlas a todas.

Con los dieciocho llegó el llamado al servicio militar y nuestro aliado el destino, o tu padre, nos llevó a ambos al mismo regimiento, al de Ingenieros de Puente Alto. Nos toco trabajar en el ferrocarril de montaña que iba trepando la cordillera desde Puente Alto hasta la localidad de El Volcán. Allí trepando la montaña lentamente aprendimos de rieles, durmientes, cremalleras, locomotoras, vagones, desvíos y señales.    

En nuestras salidas, Santiago, ahí a un paso, nos brindó sus atracciones y su bullicio; sus vitrinas y tentaciones; sus paseos y diversiones; sus luces y sus mujeres, sobre todo sus mujeres. Muchas veces estuvimos a punto de desertar, por causa de alguna damisela prendada de nuestros encantos.

Después de haber cumplido con el deber, encontramos trabajo rápidamente en la Empresa de Ferrocarriles del Estado.

No había pasado ni siquiera un año, cuando tuvimos que renunciar a este trabajo y abordar uno de los mismos trenes, a los que le hacíamos reparaciones en la maestranza de San Bernardo. Partimos con destino desconocido, con rumbo al norte, huyendo de sendos romances que pronto darían su fruto.

Aun éramos muy jóvenes para amarrarnos, queríamos conocer otros lugares, obtener experiencias, ganar plata, sentir la vida, gozar la miel de otros labios… y vaya que la gozamos.

Y así comenzamos a trepar por el mapa de América del Sur, meta para empezar, el norte de Chile, rumbo al Trópico de Capricornio.

Aramos campos y construimos canales en el valle del Limarí. Molimos roca y obtuvimos oro en los trapiches de Andacollo. Fuimos carrilanos en Caldera y Copiapó. Pirquineros en Chañaral. Cargadores en el puerto de Antofagasta. Y rompimos la dura costra del caliche en las salitreras: Chacabuco, Victoria y Pampa Unión.

Estando junto al monolito que señala el Trópico de Capricornio entre Antofagasta y la estación Baquedano nos pusimos otra meta: el Ecuador.

Nos embarcamos en Iquique en un barco con sus bodegas repletas de salitre, rumbo al norte, Guayaquil en Ecuador, nuestro puerto de destino. Comenzamos trabajando en una plantación bananera, pero nuestros conocimientos de agricultura, viñedos, ganadería, caballos y además los conocimientos técnicos adquiridos en el servicio militar nos abrían las puertas y nunca nos faltó trabajo y además bien remunerado.

Estando en Quito, fuimos un día al punto exacto donde la tierra se divide en dos hemisferios: la línea del Ecuador. Allí pensamos que nuestra próxima meta debería ser mas al norte, quizás el Trópico de Cáncer. Después de meditarlo largo rato, decidimos que era mejor comenzar a volver, pero, sin apuro dando una vuelta larga... larga... hasta que la nostalgia nos pidiera apurar el regreso.

Así es como recorrimos Perú de norte a sur: Piura, Chiclayo, nos desviamos a Iquitos. Aquí nos tentó el Amazonas y dos morenas exuberantes como la misma selva, que eran parte de una expedición de aventureros que recorrerían el gran río. Nos llevó pensarlo algunos meses. No recuerdo si le tuvimos miedo al río, a las morenas exuberantes o a los mosquitos, pero al final volvimos a la costa y seguimos hacia el sur.    

Chimbote, Trujillo, Lima, Cuzco, Arequipa, un par de años en recorrer Perú. Ya habían pasado como doce desde que nos embarcamos en la estación Mapocho, en Santiago, arrancando de un destino para aventurar en otro.

De Arequipa: ¿Para dónde? ¿Volver a Chile? Todavía no. Quedaba bastante por recorrer y nuestros pies y nuestros espíritus aun estaban plenos de juventud. Nos llamó Bolivia a recorrer sus caminos y a conocer sus mujeres.

La Paz, mucha altura, no nos gustó, poco tiempo estuvimos allí, recorrimos el altiplano, Oruro, Sucre, Potosí, un año en Cochabamba y luego nos atrajo Santa Cruz. Nos atrajo la hospitalidad, la alegría y las ganas de trabajar de la gente de esa parte de Bolivia: el pueblo Camba.

Fueron como siete u ocho años allí, tiempo en el que logramos montar una pequeña fábrica de hilados de algodón. Un viejo catalán avecindado en esas tierras, nos enseñó los secretos y las técnicas para trabajar esta fibra vegetal, especialidad que tú llegaste a dominar a la perfección.

Pero algo más había en Santa Cruz que nos detuvo, nos sedujo y nos atrapó, durante aquellos siete u ocho años que estuvimos trabajando el algodón.

—¿Qué creen ustedes?

Pregunta el viejo, a todos los presentes, que lo escuchaban atentamente y que parece habían olvidado la inclemencia del sol. Los mira detenidamente, todos sonríen.

—Sí. Eso mismo que están pensando. Eso mismo.

—Las mujeres más bellas de Bolivia, mejor dicho, de América del Sur o tal vez del mundo. Tan bellas, que tan solo por eso, los chilenos deberíamos considerar devolver territorio, para que las cruceñas tengan playas propias donde puedan mostrarnos sus encantos, y así tenerlas más cerca de nosotros.

Después de ocho años en Santa Cruz, la sirena del tren ya sonaba anunciándonos que era hora de partir. Dejamos la fábrica en buen pie y ya con algún valor a nombre de las dos mujeres cruceñas que dieron descendencia boliviana a estos dos huasos colchagüinos.

Un largo viaje, en un lento tren hasta Puerto Suárez en el límite pantanoso entre Paraguay y Brasil, y allí cruzando la frontera, a orillas del río Paraguay: Corumbá, Brasil.

Ancho y caudaloso es el río Paraguay. Allí trabajamos en una plantación de algodón, en las minas de hierro y manganeso y también en las jangadas, esto es como llevar un arreo de troncos, aprovechando la corriente del río.     

Realizando este trabajo al caer de uno de ellos que no pude dominar en un lugar de fuerte corriente, me vi atrapado en una vorágine de troncos que como animales desbocados venían hacia mi, nada podía hacer y creo que nadie podría haber hecho algo.   

—Antes que me alcanzaran los troncos, ya desfalleciendo, alcancé a verte, a ti amigo mío, que te lanzaste a las aguas desafiando la embestida de la jangada.

Desperté dolorido y maltrecho viajando en un tren atravesando Brasil. Tú como si nada hubiera pasado, un par de asientos más atrás tratando de enamorar una mulata. Nunca te agradecí el que me hubieras salvado de morir aplastado por los troncos, si lo hubiera hecho, no le habrías dado importancia, ya que siempre pensaste que debías protegerme como al hermano menor o al hermano mas débil. Con el tiempo y la vida he llegado a convencerme que tú sabias realmente lo que para mí fue siempre una sospecha.

Brasil, cuatro o cinco años más, Río de Janeiro, Sao Paulo, Belo Horizonte, Santos, Curitiba, Blumenau. Florianópolis, Porto Alegre, en cada ciudad un trabajo, en cada ciudad una mujer, mulatas en Belo Horizonte, Río o Sao Paulo, rubias hacia el sur.

Montevideo, Uruguay, solamente de pasada, no más de un mes y ningún romance o aventura que nos detuviera por más tiempo.

Cruzamos el Río de la Plata: Buenos Aires. Esta ciudad nos trastornó. Aquí no trabajamos, tampoco descansamos. Las noches fueron días, los días fueron noches. Al ritmo del tango y la milonga hicimos historia en el centro y los suburbios porteños. No recuerdo cuantos meses disfrutamos de parte de nuestras ganancias, pero Buenos Aires, bien valía un Perú.

Aquí, solamente tú, en una de esas noches de largo festín arrabalero, volviste a caer en las redes del amor. Un gran amor…

La meta, hacía ya tiempo que había dejado de ser alejarse, la meta era ahora volver. Pero se acuerdan que habíamos dicho dando una vuelta larga, era el momento, tomar un tren, Buenos Aires-Mendoza-Cruzar la cordillera-Santiago y en casa.

Pero nos llamó el viento del sur, el que azota las estepas de la Patagonia argentina. En Comodoro Rivadavia se vivía la fiebre del oro negro: el petróleo. Hacia allá partimos los tres, tú, tu mujer y yo, debe haber sido más o menos el año 1943 o el 1944.

Allí, por contactos hechos en Buenos Aires llegamos directamente a trabajar a una compañía de ferrocarriles de la zona petrolera. Al poco andar ya éramos técnicos de alto nivel. Y la verdad es que, lo éramos, ya que la suma de todos los conocimientos logrados en nuestro periplo, eran mérito, más que suficiente para ostentar hasta el título de ingeniero;  título obtenido en el viaje de toda una vida, que juntos hicimos por los caminos sudamericanos y no en la vieja escuela de ingeniería de la calle Beauchef, lugar por el cual solo pasamos alguna vez por sus veredas, buscando la complicidad de los añosos árboles del entonces Parque Cuosiño, hoy O´Higgins, allá por el tiempo de nuestra milicia y nuestros amores de juventud.

Como ocho años más de trabajo duro, sacrificado, pero rentable, era mucho tiempo para ti, no para mí, yo ya quería afianzar raíces, así que partiste tu solo. Tu mujer y tu hija tampoco quisieron seguirte en tu aventura. Tu destino Santiago, entrando a Chile por Coyhaique.

Nos despedimos en la estación de buses, un día de abril, no recuerdo el año, si recuerdo que el sol estaba de un color rojizo y poco alumbraba, eran los días del gran incendio de bosques en la provincia chilena de Aysén, incendio que duro meses y la nube de humo cubría esa zona de la Patagonia argentina desde la cordillera hasta el Golfo de San Jorge en el océano Atlántico.

Nunca más volvimos a vernos, aunque yo siempre busqué la forma de saber de ti y de tu vida, como así, también sé, que tú te las arreglabas para saber de mi, de tu mujer argentina; la que al poco tiempo de tu partida y hasta su muerte fue mi mujer; de tu hija, de tu nieto inválido y de tu biznieto. Para ellos fui el padre, el abuelo y el bisabuelo, pero nunca les oculté que tú eras el verdadero.

Sé muy bien que al llegar a Santiago, lo primero que hiciste fue ubicar la mujer, mejor dicho, ubicaste a las dos mujeres que quedaron embarazadas hacía más de treinta años, cuando huimos en un tren rumbo al norte y te hiciste cargo de ellas, de tu hija, de mi hijo, de nuestros nietos.

Sé también que tu hija tuvo dos hijos, una mujer y un hombre, tu nieto fue un promisorio futbolista que murió trágicamente en un accidente de aviación y que en su memoria fundaste y mantienes un club que lleva su nombre y aquí están hoy los jóvenes que visten la camiseta de ese club, para mostrarte su respeto y agradecer tu voluntad de que se siga entregando el aporte para mantener en pie la gloria de esa institución. Sé también que tu hija te dio dos biznietos, un hombre y una mujer, ella esta hoy aquí.

La joven de jeans y pañuelo negro hizo un gesto levantando su mano.

Aquí, en la silla de ruedas esta tu nieto argentino y a su lado su hijo, ellos también son mi nieto y mi bisnieto.

Con los muchachos del club esta su presidente, ese caballero de pelo blanco, mi nieto, el que tú ayudaste, cuando volviste como si fuera tuyo y que siempre te llamó Tata.       

Allí, bajo la sombra de aquel árbol esas dos mujeres hermosas son bolivianas, mejor dicho cruceñas, una es tu nieta y la otra mi nieta, sus maridos dirigen hoy, una gran empresa textil en Santa Cruz.    

También los trabajadores de tu empresa están aquí, se quedaron para escucharme y así testimoniar el aprecio que te tuvieron.

Esto es lo que puedo recordar de lo que vivimos y pasamos juntos. Sé muy bien que hay otra familia a la cual no conozco y a la que le entrego mis condolencias y mi respeto en la persona de este joven que discutió con ellos para que le permitieran que yo dijera estas pocas palabras que todos ustedes tuvieron la paciencia de escuchar. Este joven también ahora lo considero mi nieto.

—Gracias amigos por escuchar, a pesar de este sol que abrasa.

El anciano se acercó al féretro y apoyando una mano sobre éste, continúo diciendo:

—Agradezco a la vida me haya permitido estar aquí, para poder rendirte este humilde homenaje.

—Amigo mío, gracias por ser como fuiste.

—Gracias por tu amistad.

—Gracias por darme fuerzas en los momentos de flaqueza.

—Gracias por arrebatarme de la muerte en las aguas del Paraguay.

—Gracias por irte un poco antes para poder rendirte este tributo.

—Gracias por ser mi hermano.

—Gracias y hasta muy, pero muy pronto, hermano mío, pues yo también estoy llegando al final de nuestro viaje de regreso.

El joven nieto y la biznieta, aquella niña del pañuelo negro en la muñeca, se acercaron al anciano y mientras lo abrazaban fuertemente, el joven emocionado le manifestó:

—Usted realmente conoció al abuelo, le damos gracias por ser su amigo y gracias por permitirnos conocer a dos grandes hombres: nuestro abuelo y su gran amigo y hermano.

Todos los allí presentes, con lágrimas en los ojos y una gran sonrisa en los labios, coronaron la escena con un sonoro: ¡BRAVO! y un fuerte aplauso, que se escucharon en todos los rincones del parque.

 

 

 

Incluido en libro: Cuentos al viento
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