PÁGINAS AL VIENTO  -  Cuentos            PANEL CENTRAL

Viejos tangueros

Vicente Herrera Márquez

 

Sucedió en  verano, allá por  del año 2007, en un local que en su entrada se leía “Restaurant Chino” y con letras que semejaban caracteres chinos, sin embargo en el salón se bailaba tango. Era que el restaurante se transformaba en tanguería para jubilados los domingos por la tarde; ubicado en la calle Santa Rosa casi esquina con  Avenida Matta, en la ciudad de Santiago de Chile, a unas quince o veinte cuadras del centro, como a las seis de la tarde, en un caluroso día de enero…

En esos mismos momentos en el centro de la ciudad una enorme multitud, cuya mayoría eran  niños, se congregaba para observar el paso de la Pequeña Gigante, enorme muñeco mecánico de una compañía francesa de montajes artísticos en espacios abiertos, que desde hacía ya tres días buscaba por las calles y parques de Santiago un descomunal rinoceronte, grande y gordo que estaba causando estragos y destruyendo todo lo que se ponía en su camino.

En una mesa con un pequeño mantel de hule cuadrado, color azul, puesto en diagonal, había una botella de vino tinto y  botellas plásticas de gaseosas. Cuatro copas, dos ceniceros con varias colillas o puchos cada uno y en uno de ellos dos cigarrillos encendidos que se consumían  solos;  mientras tanto desde un rincón del local, acondicionado para alojar una pequeña orquesta,  brotaban acordes en ritmo de dos por cuatro y se esparcían a través del vapor de sudores humanos y el humo que emanaba del tabaco que se quemaba en labios y ceniceros de unas tres decenas de bailarines, los cuales se afanaban por mostrar en la pista sus dotes de eximios tangueros, mostrando fintas y llamativos pasos aprendidos en el largo baile de la vida;  acompañados con música de bandoneón, piano, contrabajo y dos violines.

La Pequeña Gigante era bien alta, siete, ocho o nueve metros. Para poder moverse y desplazarse por las calles tenía un séquito de cuarenta ayudantes que manipulaban palancas, ruedas y cordeles. Todo esto dentro del marco del Festival Santiago a Mil que se realiza durante el primer mes del año con obras de teatro y espectáculos callejeros a precios rebajados en salas y gratis en las calles.

Era un local de barrio, sobrio, humilde, apretado, de esos en el que domingo a domingo se reúnen tangueros de siempre, donde casi todos se conocen y saben cada uno de cada cual, y a veces, bastante más de lo que muchos pueden pensar. Y que además de conocer sus dotes de bailarines también saben de sus dotes como personas y las bondades y pellejerías que gozan o soportan cada uno de ellos. Saben dónde y cómo viven, saben de las peripecias que tiene que afrontar la rubia gorda teñida y la morena de pelo largo con lentes de aumento, como también la del viejo gordo de barba blanca que espera adosado a la barra que aparezca esa viejita inquieta y risueña con la que dibujan, con maestría, una milonga en el piso de gastadas baldosas. 

Avanzaba la tarde y los cuarenta ayudantes hacían esfuerzos bajo el sol que quemaba y se movían sobre el pavimento ardiente, para que la Pequeña Gigante moviera la cabeza en todas direcciones y con sus grandes ojos buscara al rinoceronte en cada esquina.

Dos parejas en aquella mesa del pequeño mantel de hule color azul; ellos eran amigos desde hacía varios años, se habían conocido en el club de tango de una institución de jubilados a la cual pertenecían. Ellas pertenecían a otra institución y eran conocidas del viejo chico de amplia cintura y con  melena, aún frondosa, color oscuro-tintura que más parecía bisoñé;  la rubia, muy buena moza y con años excelentemente llevados en su cuerpo y en su espíritu era la pareja de viejo chico. La otra con una cabellera azabache  que resaltaba en piel muy blanca, vestía un vestido negro ajustado que delineaba curvas  muy abundantes y tentadoras, de risa fácil y pícara mirada que parecía interrogar, era esta la amiga que la pareja traía para que conociera al viejo alto, bailara con él y todo lo que pudiera pasar.         El otro viejo era más alto, delgado, un poco encorvado, de pelo cano corto, bueno para hablar, un poco fantoche, creído y sobrador y quizás sus mejores atributos una mirada directa de color gris verdoso y una voz cautivadora. Los cuatro, a pesar de prohibiciones y recomendaciones, eran muy buenos fumadores y posiblemente los que más contribuían a la nube de humo que enrarecía el aire del interior del local.

En el centro de Santiago la Pequeña Gigante mecánica seguía buscando al rinoceronte gordo que, alguien comentó, estaba escondido detrás del edificio del Museo de Bellas Artes en el Parque Forestal.

La orquesta con cinco músicos y una cantante que escondía en satín negro y maquillaje sus años indefinidos, hacían sonar sus instrumentos y esa voz de mujer con la fuerza y pasión del tango; la cadencia de la milonga, los compases del vals y la alegría de algún pasodoble, mientras soportaban el calor que los cuatro o cinco ventiladores de aspas, distribuidos en el espacio de la pista y el estrado de los músicos, no eran capaces de empujar esa masa de aire caliente y viciado hacia los escasos extractores en el techo del salón. Sin importar el calor, el humo y los aromas propios del continuo y agitado movimiento, las parejas se afanaban en mostrar sus habilidades y su resistencia.

En el centro de la ciudad, con el aire fresco de la tarde, miles de niños acompañados de sus padres, seguían con entusiasmo el paso de la Pequeña Gigante que ya nos les parecía mecánica sino que era una niña  de carne hueso con  espíritu y alma igual que ellos, sólo que mucho más grande.

Las parejas bailaban, cantaban, reían, sudaban, parecían jóvenes y la verdad es que en esos momentos, realmente, eran jóvenes de espíritu, pero también eran piel y cuerpo que anhelaban sentir algo más que el frenesí del baile, sus movimientos lo insinuaban y sus miradas lo decían, mientras que sus labios  parecía que lo murmuraban.   →

El viejo chico y el viejo alto se destacaban con sus parejas y eran los que menos se detenían, sólo lo hacían para tomar un sorbo de vino o gaseosa y seguían danzando, por momentos intercambiaban parejas, parecía que sin decirlo competían entre ellos, al igual que pavos reales cortejando a la hembra. Cada pareja en su momento  hablaban entre ellos, se felicitaban por los pasos mostrados y se miraban, sobre todo miradas furtivas primero y luego miradas inquisidoras o conquistadoras entre el viejo alto y la rubia del amigo.

Ya comenzaba a caer la noche y comenzaban a encenderse las luminarias de las calles. La Pequeña Gigante cumplió su cometido, logró atrapar al inmenso rinoceronte y logró entretener, con creces la tarde del domingo, para muchos miles de niños que con sus padres disfrutaron el espectáculo en las calles veraniegas del centro de Santiago.

El baile estaba en su mejor momento, el tango traía nostalgias, la milonga garabateaba en el piso, el vino se ponía locuaz y la tarde invitaba al romance. El viejo alto y la rubia del viejo chico descansaban en la mesa tomado sendas copas de vino tinto  mezclado con bebida cola, a la vez que miraban y admiraban, en la pista, las fintas milongueras del viejo chico y la amiga de pelo azabache.  Mientras tanto sus miradas se cruzaban y sus rodillas, bajo la mesa, sin temor se buscaban. La orquesta no paraba, tocaban y tocaban y  ninguna pareja abandonaba, querían mostrar sus bríos de juventud renacida.

Pasaron largos minutos hasta que los músicos y la cantante sintieron la imperiosa necesidad de beber algo, las parejas se dirigieron a sus mesas.

El viejo chico y su ocasional compañera de baile se acercaron a la mesa buscando a sus parejas y allí no había nadie, esperaron pensando que podrían estar tomando aire fresco en el patio interior o en la vereda, pero los minutos pasaron y al ver que no volvían se acercaron a la pareja de la mesa vecina para preguntar si los habían visto. Estos, una pareja de viejos tangueros, más bien viejitos tangueros y al parecer bastante inocentones, respondieron que hacía un buen rato que se habían retirado y ellos suponían que se habían ido  al centro de la ciudad a ver…  a la Pequeña Gigante y el rinoceronte… porque habían escuchado que él le dijo a ella que la llevaría a conocer un muñeco grande, gordo y juguetón…y ella entusiasmada le respondió que estaba impaciente por conocerlo, ver que tan grande era y jugar toda la noche con él.

………..

Con el correr de las semanas se supo que el viejo chico y el viejo alto nunca más se volvieron a hablar. Se cuenta en el ambiente que el viejo chico se retiró del club de tango y de la tanguearía, que la rubia siguió bailando y… bailando con el viejo alto… y dicen que hoy se ven más viejos, pero aún siguen bailando juntos. De la amiga de pelo negro y piel muy blanca, que era para el viejo alto… nunca más se supo.


 

Incluido en libro: Cuentos de Viento norte
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