PÁGINAS AL VIENTO  -  Crónicas PANEL CENTRAL

Volar

Vicente Herrera Márquez

Para caminar o correr por los caminos construidos por la ambición del hombre y sus ansias de figurar, aquellos que nacemos faltos de las cualidades o herramientas para movernos en ese mundo, no nos queda otra alternativa que aprender a volar; no para competir con los que corren, sino que para escapar un poco de aquella vorágine impersonal, alienante y destructora.

De muy pequeño aprendí a volar, no recuerdo cuanto me costó intentarlo, cuantas veces caí apenas remontaba en el aire, pero a fuerza de ignorar otros deseos y apremiado por circunstancias, por largas horas lograba elevarme y mirar mi comarca desde arriba y a vislumbrar lejanas fronteras que se dibujaban en el horizonte. Mientras otros niños corrían en monopatín o discutían sobre atributos y pertenencias yo me elevaba para verlos competir o alegar por un primer lugar. Ellos no se daban cuenta que los observaba desde arriba y pensaban que me quedaba en la línea de partida con las ganas de competir, no notaban que volando ya había llegado a la meta mucho antes que ellos.

Muchas veces en vuelo silencioso acompañe a la niña más linda del pueblo que con su pelo al viento se desplazaba en su brillante bicicleta, sin que ella se diera cuenta de mi aérea y protectora compañía.
Otras tantas competía en piruetas con mi propia cometa que elevaba y dejaba anclada al alguna pesada piedra allá abajo en medio de la ventisca, mientras arriba nos trenzábamos en competencias de destrezas las avutardas, las bandurrias, algunas nubes, la cometa y yo.

Fueron muchas la ocasiones que me animé y aventuré a llegar más allá de ese horizonte que desde tierra se veía lejano e incluso bastante más allá del horizonte que yo suponía veían mis pequeños camaradas.

Con el paso del tiempo, los compromisos del entorno, las realidades de la vida, la presencia de la imagen en el espejo y las miradas de los demás, el temor al ridículo y al qué dirán, además de otras circunstancias que no permiten volar en vuelo libre sin arriesgar que a uno lo condenen por ir contra el orden establecido o lo tilden de loco sin remedio, las alas se fueron atrofiando hasta que llegado un momento sólo fueron un muñón de recuerdos y dos apéndices minimizados de los omóplatos, escondidos una parte bajo la piel de la espalda y otra en un rincón del cerebro.

Pero cuando los años pasan, cuando los compromisos se diluyen, cuando las realidades de hoy han cambiado y son distintas a las de ayer, cuando ya se perdió el temor al ridículo e incluso cuando uno a lo largo de su vida se ha ganado el derecho de volar, los muñones disimulados bajo la piel comienzan nuevamente a transformarse en alados pliegues que primero con dificultad y luego con entusiasmo desbordado comienzan a aletear con tal ímpetu que nuevamente nos elevan a las alturas y desde allí comprobamos que podemos ir batiendo nuestras alas por todos los rincones del mundo, por todos los estamentos de nuestra vida y por nuevos derroteros ignorados.
Además con alas rejuvenecidas podemos traer al presente las visiones de todos aquellos vuelos que por años realizamos y mantuvimos escondidos en la vergüenza y el pudor mal entendido.
 


 

Incluido en libro: Crónicas al viento
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